Como Aplicar la Sangre

Derek Prince
Published: 1989
Last Updated: julio de 2026
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Experimenta el poder transformador de la redención con el impactante sermón de Derek Prince, 'Cómo Aplicar La Sangre'. Profundiza en las enseñanzas del Evangelio que detallan los beneficios eternos del sacrificio de Jesucristo en la Cruz por nuestros pecados. Absorbe las profundas enseñanzas bíblicas y permite que revolucionen tu comprensión del poder de Su preciosa sangre.
Transcript
Ahora, cuando hablo acerca de la cruz quiero dejar en claro que no voy a hablar de un trozo de metal o de madera que las personas llevan en su cuello o cuelgan en las paredes de las iglesias. No tengo nada en contra de esto, pero simplemente debo explicar que no me refiero a esto. Me refiero a lo que se logró a nuestro favor mediante la muerte de Jesucristo en la cruz como sacrificio por el pecado. De modo que simplemente usé la palabra “cruz” para abarcar todo esto. Ahora bien, anoche tuve el privilegio de estar, no por primera vez, en la alcaldía de Christchurch. Permítanme hacer una pregunta. ¿Cuántos de ustedes estuvieron allí anoche? Bueno, eso es maravilloso. Es una buena representación. Lo sentimos por los que no estuvieron. Disfrutamos de un tiempo maravilloso. ¿No es verdad? No tanto por el predicador sino por el Señor. Porque el Señor vino y realmente nos visitó. Anoche terminamos, y creo que es respetuoso decirlo, en el séptimo cielo. A las personas digo que yo no hablo del séptimo cielo porque eso no es bíblico. Pero si alguien quiere expresar que está realmente feliz, es correcto decir que está en el séptimo cielo porque hay muchas nubes arriba en el cielo.
Hablé acerca del amor de Dios revelado en el precio que estuvo dispuesto a pagar para redimir a cada uno de nosotros. El precio fue la preciosa sangre de Jesús. Y mostré con pasajes del Antiguo Testamento que Dios había anunciado el derramamiento de la sangre de Jesús. Y en la ceremonia del Día de la Expiación registrada en Levítico 16, Dios había anunciado que se rociaría siete veces la preciosa sangre de Jesús. Y anoche las buscamos en los Evangelios, y solo quiero recapitular brevemente lo que dijimos. Quienes han escuchado mi enseñanza radial sabrán que me gusta mucho recapitular. No creo en decir algo una sola vez y creer que todos lo entendieron porque la mayoría de las veces no es así.
Durante cinco años en África oriental fui instructor de maestros para las escuelas africanas. Y algo que solíamos impartir en nuestros maestros es la recapitulación como parte de una buena enseñanza. Así que voy a repasar muy brevemente los siete rociamientos sucesivos de la sangre de Jesús, tal como se registra en los Evangelios. Primero, en el huerto de Getsemaní cuando oró angustiado, su sudor cayó como grandes gotas de sangre sobre la tierra. Luego cuando lo llevaron a la casa del sumo sacerdote y empezaron a maltratarlo, lo golpearon en la cara con varas. Esto produjo sangrado. En algún punto de esa vejación, empezaron a arrancar mechones del pelo de su barba. Y por supuesto salió sangre.
Luego lo entregaron a Poncio Pilato para ser azotado, y un azote romano era un látigo con muchas correas que tenían incrustados pedazos de hueso y de metal. De modo que con cada azote en la espalda de un hombre literalmente rasgaban la carne. Y luego para burlarse de él porque había afirmado ser rey, le incrustaron una corona de espinos. Si usted visita Israel encontrará los mismos espinos hoy. Son largos y extremadamente duros y puntiagudos. Y le pusieron esta corona sobre su cabeza y luego lo golpearon para incrustar la corona, las espinas, en su cuero cabelludo, lo cual causó una hemorragia profusa que cubrió su cara y se coaguló en su barba. Y proféticamente en el capítulo cincuenta y dos de Isaías, Isaías predijo que, dijo que su rostro estaba tan dañado que no parecía un hombre. Y una de las traducciones dice que incluso perdió la apariencia de un ser humano. Y luego lo clavaron en la cruz y atravesaron sus manos y sus pies. Y por último, después que había muerto un soldado perforó con una lanza su costado en el lugar donde está el corazón, y de allí brotaron sangre y agua.
Entonces estos son los siete rociamientos que fueron pronosticados en la ceremonia del Día de la Expiación. Y luego señalé que en Levítico 17 el versículo 11 dice: “la vida de la carne en la sangre está”. Y Él dice: “y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas”. Esta es otra de las profecías asombrosas del Antiguo Testamento. No fue simplemente un reglamento para mandar a los israelitas comer alimentos con o sin sangre. Sino que era una profecía de la cruz. La vida, o el alma de toda carne, está en la sangre, y la he dado a ustedes sobre el altar del Calvario para hacer expiación por sus almas. Y luego en Isaías 53:2, en la gran imagen profética de la expiación Isaías dice que Él derramó su alma hasta la muerte. ¿Cómo lo hizo? Mediante su sangre. El alma está en la sangre. Y Jesús derramó su alma como ofrenda por el pecado por toda la raza humana. El alma de Jesús tomó el lugar de su alma y de la mía. Él se convirtió en la ofrenda final por el pecado. Ahora, esta mañana voy a tratar algo que es extremadamente práctico. Lo que he descrito es verdad, es maravilloso, pero en cierto sentido usted no sabe necesariamente cómo aplicarlo a su vida y a su experiencia. Así que…
Esta mañana enseñaré acerca de cómo apropiarse de la sangre de Cristo, a fin de poder disfrutar de todos los beneficios que ella provee. Como introducción al tema, quisiera que leyéramos Apocalipsis 12:11. Apocalipsis 12:11. Este pasaje habla de un gran conflicto que se producirá al final de los tiempos, un conflicto que abarcará tanto el cielo como la tierra. Los ángeles de Dios han de intervenir, así como Satanás y sus ángeles, y también intervendrán los creyentes, el pueblo de Dios en la tierra. Gracias a Dios que los que obtienen la victoria son Dios y su pueblo. Este pasaje explica cómo el pueblo de Dios aquí en la tierra hace la parte que le corresponde en cuanto a ganar esta victoria. La siguiente declaración la hacen los ángeles, pero se refiere a los creyentes en la tierra. En Apocalipsis 12:11 dice:
Y ellos le han vencido...
¿Quiénes son “ellos”? “Ellos” se refiere a personas como nosotros, que creemos en Jesucristo. ¿Quién es el que ha sido vencido? Así es, Satanás. Esto es muy importante. Este pasaje nos muestra claramente que puede haber un conflicto directo entre nosotros y Satanás. No hay nadie de por medio. Dice: “...ellos le han vencido”.
Y luego nos dice cómo le vencieron.
... por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos...
Además nos muestra qué tipo de personas eran.
...y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.
En pocas palabras, eran personas totalmente comprometidas. En realidad, el único tipo de creyente que teme Satanás es el creyente que se ha comprometido totalmente. Cuando dice que menospreciaron sus vidas hasta la muerte, ¿qué quiere decir? Quiere decir que para ellos, mantenerse vivos no era su primera prioridad. Su primera prioridad era hacer la voluntad de Dios, ya sea que conservaran la vida o no. Para ellos, salvar su vida no era lo más importante; lo más importante era serle fiel al Señor y hacer su voluntad.
La verdad es que hablamos de ser soldados en el ejército del Señor, pero creo que muchos de nosotros en realidad tenemos una idea muy vaga y bastante sentimental acerca de lo que significa ser soldado. Aunque no fue algo que escogí, me tocó servir como soldado del Ejército Británico por cinco años y medio durante la Segunda Guerra Mundial, y quiero que sepan que yo no me alisté en el ejército: me reclutaron. Cuando llegué a formar parte de las fuerzas armadas, el comandante no me dio ningún certificado que dijera: “Le garantizamos que nunca tendrá que perder la vida”. Ningún soldado jamás se ha alistado en un ejército bajo la condición de que no lo maten. Al contrario, de cierta manera, cada vez que un soldado se alista en un ejército, tiene que aceptar la posibilidad de que lo maten. Está consciente de que le puede costar la vida. Es igual en el ejército del Señor. No tenemos ninguna garantía de que no tengamos que poner nuestra vida. Las personas que teme Satanás son las que no tienen miedo de entregar su vida. Después de todo, la vida es relativamente corta en todo caso. No dura una eternidad, y no siempre es color de rosa, ¿no es cierto?
Sería tonto perderse la gloria eterna por querer vivir unos cuantos años en la tierra. En realidad nos conviene más recibir las bendiciones eternas que disfrutar de la vida terrenal por un tiempo corto. Debemos entender qué es los que tiene verdadero valor. Me parece que deberíamos decir: “Para mí, lo más importante en la vida es hacer la voluntad de Dios”. 1 Juan 2:17 dice algo grandioso:
Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
Cuando unimos nuestra voluntad a la voluntad de Dios en un compromiso total con él, somos inconmovibles e invencibles. Al alinearnos con la voluntad de Dios, llegamos a ser tan firmes e inquebrantables como su voluntad. El hecho de vivir o morir queda en segundo plano; lo importante es que no podemos ser derrotados.
Quisiera hablar de lo que significa vencer a Satanás por medio de la sangre del Cordero y de la palabra de nuestro testimonio. Esta verdad es uno de los tesoros de su Palabra que Dios me ha revelado a través de los años. Sería imposible ponerle precio. Se podrían pagar millones de dólares, y aún así no sería suficiente. Esta verdad simplemente no tiene precio. Quisiera hablar sobre este tema en términos muy sencillos, y espero poder expresarme claramente. Escuchen bien.
“Vencemos a Satanás cuando testificamos personalmente de lo que la Palabra de Dios dice que la sangre de Jesús hace por nosotros”. Voy a repetirlo. “Vencemos a Satanás cuando testificamos personalmente de lo que la Palabra de Dios dice que la sangre de Jesús hace por nosotros”.
Para que no tengan que tratar de recordar lo que dije, quiero pedirles que lo repitan después de mí. ¿De acuerdo? Para que se les grabe en la mente. No traten de decirlo conmigo. Yo lo diré, frase por frase, y quisiera que ustedes lo repitieran. ¿Está bien? ¿Están listos? “Vencemos a Satanás cuando testificamos personalmente de lo que la Palabra de Dios dice que la sangre de Jesús hace por nosotros”.
Ahora voy a mostrarles exactamente cómo hacer lo anterior, pero antes que nada quiero tomar como ejemplo la ceremonia de la Pascua registrada en el capítulo 12 de Éxodo. Recordarán que a través de esa ceremonia, Dios proveyó protección total para todo el pueblo de Israel mediante el sacrificio de un cordero pascual, pero ellos tuvieron que hacer ciertas cosas con el cordero y con su sangre para asegurarse de tener esa protección. Antes de buscar Éxodo 12, permítanme leer un versículo de 1 Corintios 5. Sólo voy a leer la última parte del versículo. Dice lo siguiente:
...nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.
En otras palabras, lo que Pablo dice allí es que la Pascua del Antiguo Testamento, que tuvo lugar en Egipto, no era sino una figura profética, un tipo, de lo que se lograría mediante la muerte sacrificial de Jesús en la cruz. Cristo es la verdadera Pascua. Es su sangre, no la sangre del cordero pascual, la que finalmente nos asegura la redención eterna.
Sin embargo, las instrucciones que Dios le dio a Israel en cuanto a aplicar la sangre del cordero son un magnífico modelo para nosotros. Ahora vayamos a Éxodo 12, y leamos los versículos 21 al 23. Quisiera señalar que esta ordenanza de la Pascua es sólo un ejemplo de los muchos que hay en la Biblia de la tremenda responsabilidad que implica ser padre. En esta oportunidad, las únicas personas en Israel que podían conseguir seguridad y salvación para su pueblo eran los padres de Israel. Si los padres de Israel no hubieran cumplido con su deber, Israel no hubiera sido protegido por la ordenanza de la Pascua. A mi juicio, el problema social más grande que enfrentamos hoy es el de los padres irresponsables. He dicho muchas veces al aconsejar a padres que tienen hijos con problemas, que la raíz del problema no son los hijos, sino más bien el hecho de que los padres no cumplan con su deber. Creo que si buscamos el origen de todos los problemas que nos perturban: el aborto, las drogas, la desintegración de la familia, y muchos otros males sociales, encontraremos que la raíz de todo son los padres que no cumplen con su responsabilidad. Quiero señalar que, en este caso, si los padres hubieran fallado, Israel nunca hubiera sido redimido. Dios no tenía un plan alterno; tenía un solo plan, y todo dependía de los padres.
Leamos ahora Éxodo 12:21-23:
Y Moisés convocó a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Sacad y tomaos corderos por vuestras familias, y sacrificad la pascua. Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana. Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir.
Se llama la Pascua porque el Señor dijo que pasaría de largo la puerta que estuviera protegida por la sangre del cordero.
Ahora veamos lo que tenían que hacer. En un momento dado, cada padre tenía que escoger un cordero del tamaño apropiado para que comiera toda su familia. Luego tenía que sacrificar el cordero y poner su sangre en una vasija. Su sangre era muy preciosa; no se podía derramar ni una gota.
Ahora bien, el cordero había sido inmolado, y la sangre estaba en la vasija. La sangre era lo que los protegería, pero en la vasija, no protegía a nadie. Tenían que tomar la sangre que estaba en la vasija y rociarla o untarla en las puertas de su casa. Tenían que rociarla en el dintel y los dos postes de la puerta, pero nunca en el umbral. (No era permitido que nadie pisara la sangre.) Todo el destino de Israel dependía de que la sangre se sacara de la vasija y se rociara en la puerta. ¿Cómo habían de hacerlo? Era muy sencillo. Dios les dijo que tomaran un manojo de hisopo. El hisopo es una mata que crece en todas partes en el Oriente Medio. Dios les dijo que tomaran un manojo de hisopo, lo mojaran en la sangre que estaba en la vasija y untaran con la sangre el dintel y los postes de la puerta. De modo que el hisopo, una planta muy común y corriente, y de cierta forma insignificante, llegó a desempeñar un papel sumamente importante en la salvación de Israel.
Luego había un requisito más. Dios dijo que una vez que la sangre se hubiera rociado en la puerta, todos tenían que permanecer en la casa. No debían salir, porque al hacerlo, ya no estarían protegidos por la sangre.
Mantengan su dedo en Éxodo 12 si están ahí, y leamos ahora 1 Pedro. 1 Pedro 1:1-2. Este es el saludo de Pedro.
Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia...
Así es que él los describe.
...elegidos [o escogidos] según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo...
Fíjese en la palabra anterior a “ser rociados”. Dice: “obedecer”. La sangre no es rociada sobre los desobedientes. No beneficiaba a nadie que desobedeciera y saliera de su casa. Por lo tanto, tenga en cuenta que, aunque hay protección absoluta en la sangre, sólo aprovecha a los que son obedientes.
Ahora bien, volvamos a la ceremonia de la Pascua. La sangre estaba en la vasija, y tenía que ser rociada sobre la puerta de la casa. Los israelitas tomaron un manojo de hisopo, lo mojaron en la sangre y rociaron la sangre en la puerta. Estaban a salvo. Ahora bien, Pablo dice que Cristo es nuestra Pascua que ya fue sacrificada por nosotros. En otras palabras, Cristo fue inmolado hace casi dos mil años. Para usar los términos de la analogía, la sangre está en la vasija. Sin embargo, la sangre en la vasija no protege a nadie. Nos encontramos en la misma situación que Israel. Tenemos que sacar la sangre de la vasija y rociarla en el lugar en que vivimos. Entonces estaremos protegidos, con tal de que seamos obedientes. Por lo tanto, la pregunta es: ¿Cómo hacer para transferir la sangre de Jesús de la vasija a nuestra morada?
Volvamos a Apocalipsis 12:11:
Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos...
¿Recuerdan lo que dijimos? Vencemos a Satanás cuando testificamos personalmente de lo que la Palabra de Dios dice que la sangre de Jesús hace por nosotros. ¿Qué es lo que hace que la sangre pase de la vasija a nuestra morada? Así es, nuestro testimonio. El testimonio es algo muy sencillo; simplemente se trata de decir unas cuantas palabras que concuerden con lo que dicen las Escrituras. Es como el pequeño manojo de hisopo: es algo sencillo, pero nos salva. Es nuestra protección. No puedo insistir lo suficiente en lo importante que es su testimonio.
Hay otra escritura en Hebreos que está muy relacionada con este tema. Hebreos 3:1 dice
Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús.
El autor de Hebreos dice que Jesús es el sumo sacerdote de nuestra profesión, o según otras versiones, nuestra confesión. ¿Sabe lo que es la confesión? La palabra “confesión” literalmente significa “decir lo mismo que”. De modo que para nosotros que creemos en la Biblia y en Jesucristo, la confesión implica decir con nuestra boca lo mismo que Dios dice en su Palabra. En otras palabras, es hacer que nuestras palabras concuerden con lo que dice la Palabra de Dios. Jesús es el sumo sacerdote de nuestra confesión. Hermanos, sin confesión, no hay sumo sacerdote. Jesús sólo puede abogar por nosotros cuando hacemos la confesión debida. Por lo tanto, ya sea que lo llamemos “testimonio” o bien “confesión”, es algo que nos es indispensable si queremos recibir la salvación de Dios. Jesús dijo que por nuestras palabras seríamos justificados, o bien condenados. Fijamos nuestro destino mediante las palabras que hablamos. Santiago dijo que la lengua es como el timón de una nave; es una parte muy pequeña, pero determina el rumbo de la nave. De la misma manera, fijamos el curso de nuestra vida mediante la manera en que usamos nuestra lengua. Podemos hablar debidamente y hacer que nuestras palabras coincidan con la Palabra de Dios, o bien hablar indebidamente y hacer que nuestra vida se desvíe. Al final, llegaremos al puerto sin contratiempos o bien naufragaremos según el uso que le hayamos dado a nuestra lengua.
Muchísimos de nosotros, como creyentes, somos descuidados e irresponsables al usar nuestra lengua. Las personas dicen: “Me muero por verte”. Nunca diga eso. La gente también dice: “Me morí de la risa”. No lo diga. No tiene nada de cómico. Entiendo que quizás le parezca gracioso, pero nunca debemos decir nada acerca de nuestra persona que no quisiéramos que Jesús hiciera una realidad. No se subestime, porque usted tiene un gran valor para Dios. Él invirtió en usted la sangre de Cristo. Cuando nosotros somos, entre comillas, “humildes” y nos criticamos a nosotros mismos, lo que realmente hacemos es criticar la hechura de Dios, ya que la Biblia dice que somos hechura suya. ¿Cómo se atreve usted a criticar la hechura de Dios? El orgullo es un grandísimo problema para los creyentes, pero otro problema que es igual de grande es el de subestimarnos y así tener en poco lo que Dios ha hecho al crearnos.
Ahora voy a darles una demostración práctica de cómo transferir la sangre de Jesús de la vasija al lugar donde vivimos, es decir, a nuestra vida. Obviamente no podemos testificar de lo que la Palabra de Dios dice acerca de la sangre de Jesús a menos que sepamos lo que dice la Palabra. Así que un requisito básico es saber lo que la Biblia enseña acerca de la sangre de Jesús. Ya he señalado que el Nuevo Testamento indica que la sangre de Jesús fue derramada siete veces. Esta mañana examinaremos lo que significa para nosotros el hecho de que la sangre haya sido derramada estas siete veces. El Nuevo Testamento nos revela siete beneficios que nos provee la sangre de Jesús.
La primera es la redención. Leamos algunas escrituras. Efesios 1:7. Efesios 1:7 dice:
...en quien [es decir, en Jesús] tenemos redención por su sangre.
Redimir significa volver a comprar. Estábamos en manos del diablo, pero Jesús nos volvió a comprar con su sangre.
Leamos ahora 1 Pedro 1:18-19. Dice lo siguiente:
...sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles [o perecederas], como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación...
Fíjense que la palabra “cordero” nos hace volver a la Pascua. El cordero pascual. Jesús no tenía mancha, es decir, no tenía pecado original. Tampoco tenía contaminación, es decir, pecado personal, y hemos sido redimidos por su sangre.
Ahora quisiera que leyéramos el Salmo 107:2, en el contexto de lo que acabamos de decir. El Salmo 107:2 dice:
Díganlo los redimidos de Jehová, los que ha redimido del poder del enemigo.
¿Quién es el enemigo? Así es, Satanás. Entonces, si somos redimidos, ¿qué debemos hacer? Debemos decirlo. Si no lo decimos, no tendremos redención. ¿Me explico? Es su confesión, su testimonio el que hace que las promesas obren en su vida. De lo contrario, la sangre permanece en la vasija.
Meditemos acerca de lo que podríamos decir. Les daré un pequeño ejemplo. Esta no es la única manera en que se podría decir, pero mi testimonio personal es que mediante la sangre de Jesús, fui redimido del poder del diablo. Hermanos, no tengo ninguna duda de dónde estaba cuando Jesús tocó mi vida. Estaba en manos del diablo; no tengo ninguna duda al respecto. Sin embargo, ya no me encuentro en esa situación, porque he sido redimido del poder del diablo mediante la sangre de Jesús.
Ahora, quisiera invitarlos a decir esto conmigo para que reciban una bendición. Este mensaje será muy práctico; les mostraré cómo apropiarse de muchas bendiciones, pero sólo las recibirán si ponen de su parte. De modo que yo lo diré primero, frase por frase; y quiero que ustedes lo repitan después de mí, no que lo digan conmigo. ¿De acuerdo? “Mediante la sangre de Jesús he sido redimido del poder del diablo”.
¡Excelente! Me están mirando de una manera muy inteligente, pero en realidad, es muy importante decírselo a otra persona, así que quisiera que cada uno se volviera a la persona que está a su lado y la mirara a los ojos. Ahora, sin pena ni religiosidad, díganle: “Mediante la sangre de Jesús he sido redimido”. No se pierdan esta bendición; encuentren a alguien al que se lo puedan decir. Eso es. Bien.
Algunos de ustedes se sienten libres como nunca después de haber hecho esa confesión. Algo en ustedes ha cambiado.
Hablemos ahora del segundo beneficio que nos provee la sangre de Cristo: la limpieza del pecado. Busquemos 1 Juan 1:7. Dice los siguiente:
...pero si andamos en luz, como él está en luz, [“él” se refiere a Jesús] tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.
Ahora, en el lenguaje original, todos los verbos en ese versículo están en el presente continuo. Es importante entenderlo. Si seguimos andando en la luz, seguiremos teniendo comunión unos con otros. Fíjense que la evidencia de que estamos andando en la luz es que tenemos comunión unos con otros. Si dejamos de tener comunión, ya no estaremos en la luz, y si no estamos en la luz, no seremos limpiados, ya que la sangre no limpia en las tinieblas. Esta es una verdad muy importante. La sangre no limpia en las tinieblas.
Si seguimos andando en la luz, seguiremos teniendo comunión unos con otros y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos seguirá limpiando constantemente de todo pecado. Es una provisión constante. Posiblemente nos encontremos rodeados de personas perversas, o quizás nos sintamos oprimidos por las fuerzas satánicas, o contaminados por la maldad que nos rodea. Sin embargo, a pesar de nuestras circunstancias, mientras andemos en la luz, la sangre nos estará constantemente limpiando de todo pecado.
Permitan que les muestre otro hermoso cuadro. Pongan su dedo o un marcador de libro en 1 Juan, porque regresaremos a este pasaje. Busquen un momento el Salmo 51. Salmo 51. Este es el salmo en que David, convencido de haber adulterado y asesinado, se arrepiente de estos dos pecados tan horrendos. Volviéndose a Dios, David clama a él de todo corazón, pidiendo misericordia y perdón. No podemos leer todo el salmo, pero miremos lo que dice David en el versículo 7:
Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.
¿Se dan cuenta de que usa la palabra hisopo? ¿En qué estaba pensando? En la Pascua. Así es, en la sangre del cordero. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. ¡Qué privilegio es saber a dónde ir cuando hemos pecado! Me imagino que cada uno de los que estamos aquí tiene ese privilegio. Hermanos, piensen un momento en los miles de millones de personas que se sienten culpables y no saben a dónde ir. ¿Se imaginan cómo sería tener remordimientos de conciencia y sentirse atormentados por la realidad de su pecado y no saber a dónde ir para encontrar el perdón y la paz? La mitad de la humanidad se encuentra hoy en esa condición.
Regresemos a 1 Juan 1:7, y les daré un ejemplo de cómo confesar con su boca esta verdad. No lo tengo preparado; esto es algo más o menos improvisado, aunque lo haya hecho en otras ocasiones. Permítanme decirlo de esta manera. “Mientras ando en la luz, la sangre de Jesús me limpia ahora y para siempre de todo pecado”. ¿Saben por qué digo “ahora”? Porque quiero que se den cuenta de que es algo que ocurre ahora mismo. Es una realidad en este mismo momento, pero no sólo en este momento, sino a partir de este momento, mientras ande en la luz. Bien. ¿Quieren decirlo después de mí? Bien. Digámoslo ahora todos juntos.
El próximo gran beneficio es la justificación. La palabra “justificación” es una palabra teológica que desconcierta a algunas personas, pero en realidad no es una palabra tan mala. En su forma básica, la palabra en griego quiere decir: “hacer justo”. Sin embargo, tiene muchos matices diferentes. Veamos primero lo que dicen las Escrituras. Romanos 5:9 dice:
Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre [la sangre de Jesús], por él seremos salvos de la ira.
De modo que hemos sido justificados en, o por, su sangre. Permítanme dar un ejemplo, para que entiendan mejor este concepto. Imagínese usted que ha sido sometido a juicio ante un tribunal por haber cometido un crimen que merece la pena capital. Su vida está en juego. Sin embargo, el jurado pronuncia un veredicto de “no culpable”. Eso es lo que significa ser justificado. Quiere decir que usted ha sido exonerado. Sin embargo, tiene un significado aun más amplio. Significa que a usted se le ha considerado justo, no con su propia justicia, sino con la justicia de Jesucristo. Quiere decir además que ha sido hecho justo. La persona que ha sido justificada ha sido exonerada, es decir, ya no es culpable. Además, se le ha atribuido la justicia de Cristo, y ha sido hecha justa.
Al ser justificados, es como si nunca hubiéramos pecado. ¿Por qué? Porque hemos sido hechos justos con la justicia de Jesucristo, y él nunca pecó. Él nunca fue culpable de nada. Dios no tuvo que borrar ninguna iniquidad de su vida pasada. Quiero que entiendan que nuestra propia justicia nunca nos llevará al cielo. Isaías dice que todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia. Tenemos que soltar esos trapos sucios y permitir que la sangre de Jesús nos imparta la justicia de Jesús. Al hacerlo, el diablo no podrá acusarnos.
Hay un hermoso pasaje en Isaías 61. Mantengan su dedo o un marcador de libro en Romanos; quizás volvamos ahí. ¡Las personas me dicen que les exijo que mantengan su dedo en demasiadas escrituras! Isaías 61:10 dice:
En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia...
Dios nos da tanto salvación como justicia. Cuando confiamos en Jesucristo y el sacrificio que él hizo por nosotros, somos vestidos con vestiduras de salvación. Pero eso no es todo. Dios nos cubre también con el manto de justicia. En la Biblia de las Américas dice: “Me ha envuelto en manto de justicia”. Somos completamente envueltos en la justicia de Jesucristo. El diablo no puede decir nada en contra de nosotros. Si le dice que ha cometido muchos pecados, ¿sabe lo que debe hacer? Reconocer que él tiene la razón. Dígale: “Tienes toda la razón, Satanás. Pero todo eso quedó atrás. Ahora estoy vestido de la justicia de Jesucristo. Trata de encontrarle algún pecado a esa justicia”.
Volvamos ahora a Romanos 5:9. Haremos un repaso de lo que hemos dicho, y luego veremos hasta dónde llegamos. Escuchen bien lo siguiente: “Mediante la sangre de Jesús, soy justificado y exonerado. Ya no soy culpable. Dios me ha atribuido su justicia y he sido hecho justo, como si nunca hubiera pecado”. ¿De acuerdo? No intenten decirlo conmigo la primera vez; repítanlo después de mí. Respiren hondo y digan: “Gracias Señor”.
Muy bien. Ahora sigamos. El próximo beneficio es la santificación. Busquemos Hebreos 13:12. Dice lo siguiente:
Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.
En el original, la palabra “santificar” está directamente relacionada con la palabra “santidad”. En realidad, la palabra original “sanct” corresponde a la palabra “santo” que tenemos en español: un “sanct” es un “santo”. De modo que la palabra “santificar” quiere decir “hacer santo”. Esta palabra tiene dos aspectos, uno de ellos negativo. Hemos sido separados de todo pecado y de todo lo que nos pudiera contaminar. Además, hemos sido hechos santos con la santidad misma de Dios. En el capítulo 12 de Hebreos, hablando de la disciplina de Dios, dice en el versículo 10 que nuestros padres terrenales nos disciplinaban por pocos días como a ellos les parecía, pero Dios lo hace de una manera diferente. Hebreos 12:10 dice:
Y aquéllos [nuestros padres terrenales], ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.
Fíjense que aquí no habla de nuestra justicia, ni de nuestra santidad, sino de su santidad. ¿Cómo participamos de su santidad? Mediante la sangre de Jesús. Por lo tanto, Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.
Permítanme mostrarles cómo apropiarse de este beneficio de la sangre. “Mediante la sangre de Jesús, soy santificado, separado del pecado, apartado para Dios, hecho santo con la santidad de Dios”. No se si podré recordar exactamente lo que dije, pero haré el intento. Esta vez repítanlo ustedes. “Mediante la sangre de Jesús soy santificado, hecho santo, apartado para Dios, separado del pecado, hecho santo con la santidad de Dios”. No importa que cambiemos un poquito las palabras con tal de que incluyamos las verdades fundamentales. Eso es lo importante. ¿De acuerdo?
Ahora, lo que hemos estado haciendo cada vez que hemos confesado la Palabra es mojar el hisopo en la vasija y rociarla sobre nosotros. Ahora vamos a seguir. Ya hemos hablado de la redención, la limpieza de pecado, la justificación y la santificación. Ahora hablaremos de recibir vida. Una vez oí a un predicador decir que todos los beneficios de la sangre de Jesús eran negativos, es decir, que nos salvaban de algo. Me parece que es peligroso decir eso. No se me ocurre nada que sea más positivo que recibir vida. Leamos un momento Levítico 17:11, el pasaje que cité anteriormente. Levítico 17:11 dice:
Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas...
Es la sangre la que hace expiación por el alma. La vida de Dios está en la sangre de Jesús. La vida misma de Dios, la vida del Creador. Nuestra mente humana no tiene manera de calcular la magnitud de esta afirmación porque el Creador es infinitamente mayor que todo lo que ha creado. Él creó el universo entero en un abrir y cerrar de ojos. Si sólo pudiéramos comprender lo que encierra la sangre de Jesús. He dicho anteriormente que hay más poder en una gota de la sangre de Jesús que en todo el reino de Satanás, ya que en la sangre de Jesús está la vida eterna e infinita de Dios mismo, una vida que existía antes de ser creada cualquier cosa.
Teniendo esto en mente, vayamos a Juan 6, y leamos desde el versículo 53 hasta el 57:
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo...
Cuando enseñaba, Jesús enfatizaba más ciertas cosas que otras. Si tienen la versión Reina Valera de 1960, verán que a veces Jesús dice: “De cierto, os digo” y otras veces “De cierto, de cierto os digo”. Jesús decía “De cierto, os digo”, cuando lo que seguía era importante, y “De cierto, de cierto os digo”, cuando lo que seguía era sumamente importante. En la Biblia de las Américas dice: “En verdad, os digo” y “En verdad, en verdad, os digo”. En este pasaje Jesús dice: “De cierto, de cierto”, lo cual nos muestra que la afirmación que sigue es de suma importancia.
Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.
Estoy seguro de que esta escritura se pudiera interpretar de diferentes maneras, pero yo empecé mi ministerio cristiano en 1946 en un pueblo árabe llamado Ramullah, un poco al norte de Jesuralén. Ya no es un pueblo; hoy por hoy, es una ciudad bastante grande. En esa época el idioma que mi primera esposa, los niños y yo hablábamos en el hogar era árabe. A veces uno aprende a hacer las cosas de una cierta manera y ya después no logra hacerlas de otra forma. Cada vez que pienso en tomar la comunión, es decir, tomar la Santa Cena, o la Cena del Señor, o como quiera que lo llamemos, siempre pienso en lo que decían los árabes: “Tomemos la sangre de Jesús”. Para ellos no era una frase altamente espiritual ni fuera de lo normal; era la manera en que se referían a la Santa Cena. Tal vez esta escritura se pueda interpretar de muchas diferentes maneras, pero, para mí, cuando tomo la Santa Cena, como su carne y bebo su sangre. Ahora, para algunas personas, eso es una piedra de tropiezo, pero no puedo hacer nada al respecto.
A algunos de nosotros nos han enseñado que al tomar la Santa Cena sólo estamos recordando lo que hizo Jesús. Eso no fue lo que dijo Jesús. Él dijo: “Comen mi cuerpo, y beben mi sangre”. Por supuesto que también lo hacemos en memoria de él, pero eso no es todo. También estamos participando del cuerpo y de la sangre del Señor Jesucristo. No tenemos por qué cambiar esta doctrina. Hay muchas opiniones diferentes respecto de cómo la Santa Cena llega a ser el cuerpo y la sangre de Jesús. Tanto la Iglesia Católica como las iglesias litúrgicas creen que ocurre cuando el sacerdote bendice el pan y el vino. Para ser sincero, no creo que sea así. Creo que esta transformación se produce mediante la fe. Al yo recibirlo en fe, creyendo lo que dijo Jesús en su Palabra, llega a ser para mí exactamente lo que él dijo que sería. Les pido que por favor no discutan conmigo, ya que me siento feliz así como estoy.
Veamos un momento lo que dice 1 Corintios 10. Me parece que en esta reunión hay hermanos de diferentes denominaciones, lo cual quizás sea el plan de Dios. Hermanos, recuerdo una vez que un predicador de cierta denominación les dijo a unos hermanos de otras denominaciones: “Jesús dijo: ‘Haced esto todas las veces que la bebiereis’, pero ustedes no lo hacen todas las veces sino muy pocas veces”. Leamos un momento 1 Corintios 10:16:
La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?...
La comunión de la sangre de Cristo, es decir, la participación de su sangre.
El pan que partimos, ¿no es la comunión [o la participación] del cuerpo de Cristo?
Luego, Pablo sigue hablando de este tema en el capítulo 11, y a partir del versículo 23, les recuerda cómo se instituyó la Cena del Señor. Dice lo siguiente:
Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
Es cierto que lo hacemos en memoria de él, pero ¿qué es lo que hacemos en memoria de él? Tomamos su cuerpo.
Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.
Ahora quisiera hacer hincapié en el hecho de que no recomiendo que todos sean como Ruth y yo. En el Cuerpo de Cristo hay mucha libertad; con tal de que permanezcamos dentro de ciertos límites, podemos hacer lo que Dios nos guíe a hacer. Sin embargo, esto ha llegado a ser sumamente importante para mí, y estoy muy consciente de la grandísima necesidad que tengo de la vida de Dios. Permítanme decir, y creo que lo digo con toda humildad, que me parece que le hago bastante buena propaganda a la vida de Dios. La mayoría de ustedes nunca pensarían que tengo setenta y un años. Creo que esto se debe en parte al hecho de que vivo del cuerpo y de la sangre de Jesús. Para mí, esto no es simplemente una doctrina o una teoría; es una realidad que vivo a diario.
Esto es lo que hacemos nosotros, pero por favor entiendan que no estoy diciendo que ustedes también deben hacerlo. Todas las mañanas tomamos juntos la Cena del Señor, como marido y mujer, y cada mañana digo lo mismo: “Señor Jesús...” ¿Qué es lo que digo? Recuérdame. Eso es. Parto el pan, y digo: “Señor Jesús, al recibir este pan, recibimos tu carne”. Entonces lo comemos. Luego, compartimos una copita muy pequeña y yo digo: “Señor Jesús, al recibir esta copa, recibimos tu sangre”. Lo hacemos más que nada en Jerusalén donde menos de uno por ciento de la población es cristiana. ¡Qué gran privilegio es anunciar la muerte del Señor todos los días en la ciudad en la que él murió!
Un gran expositor bíblico del siglo pasado hizo un comentario sobre esto. Al tomar la Santa Cena, anunciamos la muerte del Señor hasta que él venga. Este maestro decía que cuando cumplimos con esta ordenanza, sin importar el nombre que le demos, nos estamos situando fuera del contexto del tiempo inmediato. No tenemos ningún pasado sino la cruz, ningún futuro sino la segunda venida de Jesucristo. Proclamamos su muerte hasta que él venga, y cada vez que lo hacemos, recordamos que él viene otra vez.
Ahora bien, ¿cómo vamos a confesar esto? Simplemente hagámoslo por fe. No vamos a tomar la Santa Cena, y tampoco les estoy recomendando que lo hagan. Digamos simplemente: “Señor Jesús, al recibir tu sangre, recibimos mediante ella tu vida, la vida de Dios: vida divina, vida eterna, vida infinita”. Bueno. Si logro recordar lo que dije, repítanlo después de mí. “Señor Jesús, al recibir tu sangre, recibimos mediante ella tu vida, la vida de Dios: vida divina, vida eterna, vida infinita. Gracias, Señor”.
Tomemos un momento para adorarlo. Reciban de él ahora mismo. Dejen que la vida divina llene su corazón, mente y aun su cuerpo. Pablo dijo que llegaría el momento en que la muerte sería sorbida por la vida. Me parece que hay un proceso de muerte que afecta a diario nuestro cuerpo; el cuerpo va desgastándose y las enfermedades van minándolo. Sin embargo, este proceso de desintegración progresiva puede ser sorbido por la vida de Dios a diario. Pablo dijo que aunque nuestro hombre exterior se iba desgastando, el hombre interior se renovaba de día en día. Hay suficiente vida en el hombre interior como para sustentar al hombre exterior hasta que hayamos completado nuestra labor. Amén.
Quisiera hablar de dos beneficios adicionales de la sangre de Jesús. El sexto beneficio es la intercesión. Busquemos Hebreos 12, y leamos los versículos 22 al 24. Hebreos 12:22. Quiero que se fijen en el tiempo verbal. El pasaje empieza con las palabras: “Os habéis acercado”. No dice que nos vamos a acercar, ni que nos hemos acercado en la carne, sino que nos hemos acercado en el Espíritu. Luego hay una lista de ocho cosas a las que nos hemos acercado.
En primer lugar, nos hemos acercado al monte de Sion.
En segundo lugar, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial. No a la Jerusalén terrenal, sino a la celestial.
En tercer lugar, a la compañía de muchos millares de ángeles. Y prefiero la traducción que dice: “en festiva asamblea”. No puedo explicar detalladamente ahora por qué se puede traducir de las dos maneras, pero creo que la Biblia de las Américas dice: “miríadas de ángeles en festiva asamblea”. Los ángeles se han ataviado de sus mejores vestiduras para nosotros. Quiero decir, ver miríadas de ángeles vestidas de cualquier manera sería maravilloso, ¡pero imagínense cómo se verían en festiva asamblea!
Ruth y yo estuvimos en la ciudad de Belfast, en Irlanda, hace ya tres años. Estábamos reunidos con un pequeño grupo de líderes en un hogar. La presencia de Dios empezó a manifestarse entre nosotros mientras nos humillábamos ante Dios y ante los hermanos presentes. Por unos diez minutos, Ruth vio miríadas de ángeles que iban pasando constantemente. Luego uno de ellos entró en el cuarto, y en ese momento, ella cerró los ojos. Esto no es algo... quiero que sepan que esto es algo que está dentro de los límites de lo que podemos experimentar hoy. No diferimos en nada de las personas del Nuevo Testamento; ellas eran iguales que nosotros.
Nos hemos acercado al monte de Sion, a la Jerusalén celestial, a miríadas de ángeles en festiva asamblea y a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, es decir, a los que han nacido de nuevo y están inscritos en los cielos. En quinto lugar, nos hemos acercado a Dios el Juez de todos. Gracias a Dios, hermanos, que Dios el Juez no es el único que se encuentra allí, porque de ser así, nunca podríamos ser salvos.
En sexto lugar, nos hemos acercado a los espíritus de los justos hechos perfectos. A mi juicio, esto se refiere a los santos del Antiguo Testamento, quienes lograron mediante una vida de fe, lo que logramos nosotros mediante el nuevo nacimiento. En realidad, no lo que logramos, sino lo que se nos da mediante el nuevo nacimiento.
En séptimo lugar, nos hemos acercado a Jesús el Mediador del nuevo pacto. Es por esta razón que podemos nosotros estar allí. Si sólo estuviera Dios el Juez, nunca entraríamos nosotros. Sin embargo, junto con Dios el Juez está también Jesús el Mediador del nuevo pacto.
Y finalmente, nos hemos acercado a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel. La sangre rociada de Jesús que intercede por nosotros en el cielo se compara con la sangre de Abel. Hay tres diferencias fundamentales. La sangre de Abel fue derramada en contra de su voluntad. Jesús entregó su sangre voluntariamente. La sangre de Abel fue rociada en la tierra. La sangre de Jesús fue rociada en el lugar santísimo. La sangre de Abel clamaba por venganza, pero la sangre de Jesús clama por misericordia. Esta es una revelación tan hermosa que no quisiera que ninguno de ustedes dejara de recibirla.
Hay momentos en que nos sentimos débiles y estamos bajo presión, y simplemente no podemos orar. Flaqueamos, y sentimos que no podemos aguantar ni un día más. En estos momentos, es bueno saber que la sangre de Jesús rociada en la presencia inmediata de Dios siempre está intercediendo por nosotros, pidiendo misericordia.
Hagamos una pequeña confesión para apropiarnos de esta verdad. Yo la haré. No la tengo preparada, pero: “Gracias, Señor, que aun cuando no puedo orar, la sangre de Jesús intercede por mí en el cielo”. Bien. ¿Están listos para decirlo? “Gracias, Señor, que aun cuando no puedo orar, la sangre de Jesús intercede por mí en el cielo”. Ahora digámoslo juntos. “Gracias, Señor, que aun cuando no puedo orar, la sangre de Jesús intercede por mí en el cielo”. Digámoslo una vez más. No estábamos muy seguros; en realidad, yo era el que no estaba seguro. “Gracias, Señor, que aun cuando no puedo orar, la sangre de Jesús intercede por mí en el cielo”. Amén.
Y finalmente, tenemos acceso mediante la sangre de Jesús. Estos últimos dos beneficios de la sangre nos hacen salir del ámbito material y temporal y entrar en el ámbito celestial y eterno, que es donde queremos terminar de todos modos. Busquemos Hebreos 10, versículo 19. Es importante notar que este versículo ya se ha citado aquí esta mañana durante la adoración. Me parece que fue parte de la provisión de Dios. Hebreos 10, comenzando en el versículo 19 dice:
Así que, hermanos, teniendo libertad...
En otras versiones dice: “confianza”. La palabra en griego quiere decir libertad de expresión. Es muy importante entender que al tener confianza, tenemos libertad de expresión. En otras palabras, debemos recordar que nuestro testimonio es vital. Si no testificamos, no recibiremos las promesas.
Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
Y fíjense en lo que dice después:
Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza...
Hebreos 3:1 dice que Jesús es el sumo sacerdote de nuestra profesión, o confesión. Hebreos 4:14 dice que retengamos nuestra profesión, pero Hebreos 10:23 dice que la mantengamos firme, sin fluctuar. ¿Qué nos dice eso? Cuando uno está en un avión y le dicen que se abroche el cinturón de seguridad, ¿qué se puede esperar? Así es, que haya turbulencia. Cuando la Palabra de Dios dice que confesemos lo que dice la Palabra, que retengamos nuestra confesión y la mantengamos firme sin fluctuar, es como si Dios nos dijera que nos abrochemos el cinturón de seguridad porque va a haber turbulencia. No deje que la turbulencia lo lleve a desabrochar el cinturón. Siga haciendo la confesión debida. La Palabra de Dios es cierta, aun cuando parece que va totalmente en contra de todo lo que nos rodea.
Fíjense que tenemos entrada al Lugar Santísimo por un camino nuevo y vivo. Regresemos un momento al cuadro en Levítico 16, donde el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo una vez por año, y ¿qué hacía? Entraba con un incensario lleno de incienso, del cual salía una nube aromática que cubría el propiciatorio. Esto representa la adoración. Pero también entraba con la sangre del sacrificio, y la rociaba siete veces entre el velo y el propiciatorio. La rociaba una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete veces, y luego la rociaba en el lado oriental del propiciatorio, y también delante del propiciatorio. Cuando el autor de Hebreos dice que tenemos libertad para entrar por la sangre de Jesús por el camino nuevo y vivo, está pensando de las siete veces que se rociaba la sangre y de la sangre que se esparcía sobre el propiciatorio. Podemos acercarnos al trono del Dios Altísimo, al lugar más santo del universo, con confianza, porque la sangre de Cristo fue derramada. Tenemos entrada.
¿Qué vamos a decir de nosotros mismos? Digamos así... Gracias Señor. Yo lo diré primero, porque ni siquiera sé lo que voy a decir. “Gracias, Señor, que por la sangre rociada de Jesús, tengo entrada a tu presencia, a la presencia del Dios Altísimo, al lugar más santo del universo”. ¿Lo podré decir otra vez? Intentémoslo. “Gracias, Señor, que por la sangre rociada de Jesús, tengo entrada a tu presencia, al lugar más santo del universo”.
Permítanme concluir repitiendo una vez más las siete provisiones. Podría dárselas en otro orden, pero pienso que este es un orden lógico. Redención, Limpieza, Justificación, Santificación, Vida, Intercesión, Entrada. La sangre de Jesús rociada siete veces obra en nosotros de siete maneras diferentes. Pero, recuerden, vencemos a Satanás por la sangre del Cordero y ¿qué más? La palabra de nuestro testimonio. Digámoslo juntos y terminaremos. Pero no se olviden de agregar que menospreciamos nuestra vida hasta la muerte. Muy bien, ¿están listos? “Nosotros vencemos a Satanás por medio de la sangre del Cordero y de la palabra de nuestro testimonio, y menospreciamos nuestra vida hasta la muerte”.
Ahora, en vista de todo esto, sólo nos queda una cosa por hacer: alabar a Dios. Si no lo alabamos, quiere decir que no creemos.

Materiales de estudio
Cuando esté disponible, esta enseñanza incluye un bosquejo del sermón y una transcripción para uso personal, preparación de mensajes o discusiones de estudios bíblicos.
Código: MV-4255-100-SPA









