Hebreos 10:14, que habla acerca de lo que Jesús llevó a cabo con su muerte en la cruz, dice lo siguiente:

“Porque con una sola ofrenda [o con un solo sacrificio] ha perfeccionado para siempre a los que están siendo santificados.”

La sola ofrenda o el solo sacrificio, es el sacrificio que él hizo de sí mismo en la cruz. Y con esa sola ofrenda, ha hecho perfectos para siempre a los santificados. Esto quiere decir que ahora y para toda la eternidad, él ha suplido todas las necesidades de cada persona que confía en él, en cada área de su vida. No hay nada más que él tenga que hacer. Lo ha hecho todo. Es un sacrificio perfecto que lo abarca todo. Esto es lo que declara la primera parte del versículo.

Después habla de aquéllos que están siendo santificados, o apartados para Dios, es decir, los que se están acercando más a Dios. Se trata de un proceso en desarrollo. Lo que Jesús ha hecho, lo ha hecho de una vez para siempre; es una obra consumada. Sin embargo, la gratitud que sentimos por lo que hizo Jesús aumenta paulatinamente, así como también la medida en que nos apropiamos de los beneficios de esta obra. Pero debemos partir del hecho de que el sacrificio en sí ha sido consumado.

Cuando predico en los países del Tercer Mundo, lo cual hago con bastante frecuencia, trato de utilizar imágenes muy sencillas que ayuden a la gente a comprender. En realidad, estas mismas imágenes sencillas podrían ayudar también a las personas en Nueva Zelandia, pero tal vez éstas no se den cuenta. De modo que quisiera compartir con ustedes dos imágenes que utilizo. Antes que nada, hablemos de la que utilicé en Paquistán hace un año y medio. Paquistán es un país de 84 millones de personas, de los cuales el 98% son musulmanes. En ese país, los creyentes --los cuales no son ni siquiera practicantes--son simplemente una minoría muy pequeña, oprimida y despreciada. Pero el Señor nos abrió el camino a Ruth y a mí, con un equipo de otras cinco personas, para ir y pasar nueve días en tres de las ciudades principales, proclamando la palabra de Dios.

Se había anunciado con antelación que oraríamos por los enfermos. Pues, nuestra primera campaña tuvo lugar en Carachi, el puerto principal, una ciudad de alrededor de ocho millones de personas. Antes de ir a la campaña, el jefe del equipo que nos había invitado—un equipo de creyentes paquistaníes locales—nos llevó a ver el barrio cristiano de Carachi. He visto mucha pobreza en mi vida, pero jamás he visto tanta pobreza ni tanta escualidez. En realidad, aquello me dio náuseas. Pude darme una idea de lo que significa ser cristiano en una nación islámica. Pues se anunció que iba a haber una sola campaña en Carachi, ya que otros predicadores habían visitado la ciudad anteriormente, y que después nos iban a llevar a otra parte del país, adonde no habían ido otros predicadores. Así que le pregunté al líder: “¿Dónde vamos a tener esta primera campaña?”. Me respondió: “En nuestra iglesia”. Sabiendo cuál era la situación económica de la gente en general, me pregunté cómo sería aquello. “¿Cuántas personas esperan ustedes?” le pregunté. Él dijo que unas 600. personas caben en su iglesia?” volví a preguntar. Él respondió que cabían 300 personas. No me molesté en razonarlo más.

Así pues, hicieron que nuestro equipo abordara una pequeña camioneta y nos llevaron a la zona de Carachi donde tendría lugar la campaña. Según la costumbre paquistaní, llegamos una hora tarde. Cuando llegamos cerca del lugar donde estaba la iglesia, no logramos ni siquiera verla, porque había unas tres mil personas aglomeradas en una intersección principal cercana a la iglesia. No había carreteras pavimentadas, sólo caminos de tierra. Esta gran multitud reunida allí era la congregación. La razón por la que habían venido era muy sencilla: oyeron que íbamos a orar por los enfermos.

Así que me hicieron pasar a través de la muchedumbre, y me llevaron hasta una pequeña plataforma, lo suficientemente grande para que en ella cupiéramos yo, mi biblia y un púlpito. Me encontraba rodeado de paquistaníes por todas partes. Quiero decir, no había espacio, no había pasillos, no había nada. Y todos ellos estaban en cuclillas en el suelo. Dije dentro de mí: “Señor, ¿qué le voy a decir a esta gente?”. Y Dios me dio este pensamiento que ahora comparto con ustedes. Les dije: “Ahora bien, si todos ustedes estuvieran hambrientos, y yo fuera el dueño de un naranjal, habría dos cosas que podría hacer por ustedes. Podría tomar naranjas de mi arboleda, y darle una a cada uno, lo cual les calmaría temporalmente el hambre. Lo otro que pudiera hacer sería llevarlos a mi naranjal, mostrarles los árboles cargados de fruto, y decirles que tomaran cuantas naranjas quisieran”. Y añadí: “Esta noche los voy a llevar al naranjal, y podrán coger todas las naranjas que quieran”.

Eso es lo que voy a hacer aquí esta noche; los voy a llevar al naranjal. El naranjal es la verdad acerca de la cruz. Así que les prediqué a ellos lo que les voy a predicar a ustedes esta noche, pero en forma corta, y les dije: “Ahora bien, ¿a cuántos de ustedes les gustaría recibir a Jesús como su salvador personal?” Y calculo que la mitad de la gente se puso de pie, lo que era alrededor de 1,500 personas. Ahora bien, de estas personas, por lo menos 500 eran musulmanas. No dispongo del tiempo necesario para explicarles las diferencias que existen entre el Islam y el cristianismo, pero una de ellas es que los musulmanes no creen que Jesús murió en la cruz. Y no reconocen que Jesús es el Hijo de Dios. Así que cuando estas personas se pusieron de pie—por supuesto que todo esto se hacía a través de un intérprete—inicié una oración y le pedí a cada uno de ellos que me siguiera. Comencé la oración de este modo: “Señor Jesucristo, creo que eres el Hijo de Dios y el único camino a Dios, que moriste en la cruz por mis pecados y que resucitaste de entre los muertos”. Y todos ellos repitieron estas palabras en voz alta después de mí. Ahora bien, no digo que todos ellos fueron salvos, pero conseguir que unos 500 musulmanes, en un país islámico, digan estas palabras delante de sus propios compañeros musulmanes, es algo que sólo pudo lograrse mediante el poder del Espíritu Santo.

Entonces me dije: “Tenemos que cumplir nuestra promesa de orar por los enfermos”. No había manera de llegar a ellos. En todo caso, hubiera tomado horas, así que les dije: “¿Cuántos de ustedes desean que oremos para que sean sanados?” Creo que más o menos el noventa por ciento levantó la mano. Y quiero decir, estaban realmente enfermos. La gente en Paquistán está enferma. No hay muchas personas realmente saludables. Esto es bastante típico de una gran parte del Tercer Mundo. Les dije: “Voy a hacer una oración por ustedes, y si alguna parte de su cuerpo está enferma, quiero que pongan su mano en esa parte enferma. Cuando ore, tengan fe que Dios los tocará”. Hice una oración—todo esto tenía que ser traducido al oradu—y al terminar, me pareció que era necesario hacer algo práctico, de modo que les dije: “¿Cuántos de ustedes creen que Dios los sanó?” Pues, unas cuantas personas comenzaron a levantar la mano, más bien con timidez. Entonces se produjo un alboroto a unos tres metros de distancia, frente a mí. Uno de los creyentes paquistaníes se acercó y averiguó lo que había ocurrido. Un muchacho musulmán de doce años había nacido sordo y mudo. Nunca había oído ni hablado. Y cuando oré, recibió la facultad de oír y trató de hablar. Lo subieron a la plataforma, y hubo una gran conmoción. Todas las señoras paquistaníes de la congregación decidieron que debíamos imponerles las manos. Y no nos pedían permiso; simplemente, nos tomaban las manos y las ponían sobre su cabeza.

Pues la noticia se difundió, y en el siguiente lugar al que fuimos, la multitud creció a unas 16,000 personas. Los paquistaníes locales calcularon que, en nueve días, entre 8,000 y 9,000 personas oraron para recibir la salvación. El líder del grupo me dijo un año después que, en el momento de ir allí, era el responsable de cinco iglesias, pero que al año siguiente, ya era responsable de dieciocho iglesias. Bueno, en eso consistió llevarlos al naranjal. ¿Entienden lo que quiero decir?

Estuve en Zambia un poco antes, si mal no recuerdo. Y tenía reunida una multitud de alrededor de 7,000 africanos, principalmente líderes. Me proponía enseñarles sobre la cruz de manera sistemática. Y lo hice durante unas seis mañanas seguidas. En realidad, todos eran cristianos practicantes, y les dije: “Ahora bien, Dios tiene un maravilloso almacén, el cual está lleno de cada una de las cosas que alguna vez pudieran necesitar, ya sean cosas materiales, espirituales o físicas, en esta vida o en la eternidad. Ahí está todo lo que necesitan. Pero el almacén tiene un administrador, y para sacar cualquier cosa del almacén, hay que hacerse amigo del administrador”. Y añadí: “¿Saben el nombre del administrador?” Algunos de ellos dijeron: “Jesús”. Yo les respondí: “Esa es una buena respuesta, pero no es la correcta. El administrador del almacén es el Espíritu Santo”. Todas las riquezas de la Trinidad, del Padre y del Hijo, están en manos del Espíritu Santo. ¡Cuán importante es comprender esto! Podemos tener la doctrina correcta, y todas las teorías correctas; podemos decir las palabras correctas, pero sólo tendremos lo que recibamos del Espíritu Santo. Él guarda el almacén”.

Entonces les dije: “El Espíritu Santo tiene una sola llave para abrir el almacén. Y esta llave tiene una forma muy especial. ¿Saben ustedes qué forma tiene la llave?” No acertaron con la respuesta, de modo que les dije que la forma de la llave es la cruz. Es sólo cuando el Espíritu Santo usa la cruz para abrir el almacén, que podemos tener acceso a los tesoros de Dios. De modo que esta es una pequeña introducción a lo que voy a enseñarles esta noche.

Creo que también debería apoyarme en mi experiencia personal. Mencioné anteriormente que llegué a conocer al Señor en un cuartel del Ejército Británico, durante la Segunda Guerra Mundial, alrededor de la medianoche. Yo era un pagano tan ignorante que no sabía que uno tenía que ir a la iglesia para salvarse. Así que en seguida que fui salvo en la barraca de un cuartel. Unos diez días más tarde, fui bautizado en el Espíritu Santo en la misma barraca. Nadie me dijo que había que ir a la iglesia para recibir el bautismo. En las próximas veinte y cuatro horas, Dios me dio el don de la interpretación de lenguas. Yo no sabía que había que esperar seis meses para recibir los dones espirituales.

Poco después de esto, el Ejército Británico me envió al extranjero, a África del Norte, y pasé los siguientes tres años en los desiertos del Norte de África. Durante ese tiempo me enfermé de un problema de la piel que los médicos no podían curar. Si leen el librito El envase de medicina divina, allí está mi testimonio personal acerca de cómo finalmente recibí la sanidad. Fui trasladado de un hospital a otro, y terminé en el hospital militar británico, en un sitio llamado Aballah, en el canal de Suez. En aquel momento, había una dama muy poco convencional en la ciudad de El Cairo. Era general de brigada del Ejército de Salvación. Tenía el rango de general porque su esposo, que había muerto, había sido general, y en el Ejército de Salvación, la viuda toma el rango del esposo. Tenía setenta y seis años en aquel momento. Parece que en aquella época había miembros del Ejército de Salvación excepcionales, porque ella tenía el don de hablar en lenguas. Y su actitud acerca del hablar en lenguas era tan militante como la actitud de los salvacionistas generalmente lo es acerca de la salvación. También había sido sanada por Dios de malaria veinte y cinco años atrás, en la India, y desde entonces nunca había tomado medicinas. Yo la había conocido anteriormente, y esta admirable dama, por la que siempre le estaré agradecido a Dios, supo de cierto soldado británico, que era creyente y que yacía en el hospital, y reunió un pequeño grupo de personas para ir a visitarlo. Fueron un soldado británico, un creyente que condujo el auto, y su colaboradora estadounidense del estado de Oklahoma, una joven entre veinte y cinco y treinta años. E hicieron el viaje hasta Aballah. Estacionaron el auto en el complejo del hospital, y la general entró en la sala del hospital con su toca, sus cintas, y su uniforme, e intimidó a la enfermera. Consiguió el permiso para que yo saliera y me sentara en el auto.

Así que me encontré, sin que nadie me lo consultara, sentado en el asiento posterior de un auto muy pequeño de cuatro asientos. Delante estaba el conductor, en el asiento del chofer; la general de brigada del Ejército de Salvación estaba junto a él, y la misionera estadounidense se encontraba en el asiento posterior, junto a mí. La general dijo: “Oremos”, y cuando ella decía “Oremos”, había que orar. Comenzamos a orar, y la joven estadounidense que estaba junto a mí empezó a temblar. Yo sentía cómo vibraba todo su cuerpo. Entonces comenzó a hablar en otra lengua. Y, por supuesto, yo sabía lo que era aquello. Entonces empecé yo a temblar, y luego comenzaron a temblar todos los que estaban en el auto, así como también el auto mismo. Quiero decir, aquel auto temblaba como si andara por una carretera rural a ochenta kilómetros por hora, pero se encontraba inmóvil y el motor no estaba prendido. Bueno, yo sabía que era Dios que había entrado en el carro. Y además, me abrumaba el saber que Dios había venido por mi bien.

Después del mensaje pronunciado en lenguas, aquella joven ofreció lo que yo sabía que era la interpretación. Ahora bien, los neozelandeses probablemente no comprenderán esto, pero yo era muy británico. Quiero decir, acostumbraba hablar como los locutores de radio de la BBC, y no había tenido mucho contacto con estadounidenses. Y esta admirable dama era del estado de Oklahoma. Bueno, cualquiera sabe que en los Estados Unidos hablan un lenguaje muy diferente al que utilizaría un catedrático de la Universidad de Cambridge. Pero cuando ella ofreció aquella interpretación, lo hizo en un inglés sumamente pulido. Yo había estudiado los escritos de Shakespeare, y era un gran admirador de su inglés. Y me maravillé de la elegancia del lenguaje que usó la joven. En el curso de su interpretación, ella dijo estas palabras, que nunca he olvidado. Son tan claras para mí hoy, como lo fueron en 1942. Estas fueron las palabras, y quiero que las escuchen, porque fueron palabras que me transformaron. “Considera la obra del Calvario: una obra perfecta, perfecta en todo sentido y en todo aspecto”. Ahora bien, estarán de acuerdo en que se trata de un lenguaje muy elegante. La mayoría de las personas no serían capaces de crear una frase como ésta. Además, la frase me impresionó de manera particular, porque yo había estudiado griego durante muchísimos años, y estaba familiarizado con el griego del Nuevo Testamento. Y si ustedes leen el Nuevo Testamento en inglés, encontrarán que una de las últimas declaraciones de Jesús en la cruz fue “Consumado es”. Pero en griego, esta frase es una sola palabra: tetalestie. Y se trata del pretérito perfecto de un verbo que significa hacer algo de manera conclusa. De modo que el significado podría ampliarse; se podría traducir “es perfectamente perfecto, está completamente completo”. Y así, cuando el Espíritu Santo dijo: “Considera la obra del Calvario: una obra perfecta, perfecta en todo sentido y en todo aspecto”, dije dentro de mí: “Este es el comentario del Espíritu Santo sobre la frase “Consumado es”. Y comprendí que el Espíritu Santo me estaba mostrando que, si yo pudiera comprender lo que se había logrado mediante la muerte sacrificial de Jesús en la cruz, todas mis necesidades podrían ser satisfechas. No habría nada que yo necesitase, que no lo recibiera. Eso fue una revelación.

Salí de aquel auto tan enfermo como había entrado. Pero Dios me había mostrado dónde estaba la respuesta a mis problemas. Y eso es lo que quiero compartir con ustedes esta noche. Vamos a tener un culto de sanidad mañana por la noche, y confío en que muchos serán sanados. Pero no creo que todos sean sanados. Dios no sana a todo el mundo de manera milagrosa durante un culto. Hay muchas maneras de apropiarnos de la sanidad. Yo recibí mi sanidad después de recibir aquella revelación. Fui sanado a través de Proverbios 4:20–22, que dice lo siguiente:

“Hijos míos, presta atención a mis palabras, inclina tu oído a mis dichos; no los dejes apartar de tus ojos, guárdalos en medio de tu corazón: porque son vida para los que los hallan y salud para toda su carne.”

Y me dije: “Ya está. No hay más nada que decir. Si Dios, mediante sus palabras, ha proporcionado salud o medicina a todo mi cuerpo, no hay lugar para la enfermedad”. De modo que todo fue muy sencillo: decidí tomar la Palabra de Dios como mi medicina. Yo era auxiliar médico del Cuerpo Médico del Ejército Real, así que sabía cómo se toma la medicina. Se toma tres veces al día, después de las comidas. Y funcionó. Me sanó de manera completa y permanente, en uno de los climas más insalubres del mundo.

Por lo tanto, lo que quiero decir es que Dios tiene su propia manera de sanarnos. Pero sea cual sea la manera en que Dios nos sane, el fundamento de esa sanidad es lo que hizo Jesús en la cruz. Y no les voy a ofrecer una simple naranja; los voy a invitar al huerto. Una vez que entren allí, pueden recorrerlo y tomar todas las naranjas que deseen. Y nunca dejarán vacío el huerto de Dios.

Ahora bien, quiero compartir con ustedes, a partir de las Escrituras, lo que aprendí como resultado de aquella experiencia. Dispuse mi mente a averiguar lo que se había logrado mediante la muerte de Jesús en la cruz. Y quiero decirles que aún lo estoy averiguando. Es un estudio interminable. Pero compartiré con ustedes lo que considero que es la clave para entender lo que sucedió en la cruz. La clave es que en la cruz se llevó a cabo un intercambio ordenado por Dios. Todo el mal que, según el dictamen de la justicia, debía recaer sobre la raza humana, y sobre cada uno de nosotros individualmente, recayó sobre Jesús, para que todo el bien que Jesús era digno de recibir por su obediencia y pureza, pudiera estar a la disposición de nosotros, los creyentes. Esto es muy sencillo; es elemental. Pero a medida que esta verdad nos es revelada, veremos que ella contiene todo lo que jamás pudiéramos necesitar. Lo voy a decir de una manera aun más sencilla. Todo el mal que nos correspondía a nosotros recayó sobre Jesús, para que todo el bien que le correspondía a Jesús quedara disponible para nosotros.

Esto se llevó a cabo por la gracia de Dios. Nosotros no teníamos nada que reclamarle a Dios, ni podíamos exigirle que hiciera nada. Ni siquiera sabíamos que iba a hacer esto. No podíamos comprender lo que estaba haciendo; pero, por su gracia inconmensurable, soberana y libre, él dispuso este intercambio. Además, por medio de sus profetas, lo había predicho cientos de años antes de que tuviera lugar. Quizás la profecía más importante en cuanto a esto se encuentra en Isaías 53. Quiero que busquemos ahora esta escritura, para que estudiemos ciertas porciones. Este texto habla de un siervo del Señor, cuyo nombre no se menciona. Aunque la Biblia no dice cuál era su nombre, los apóstoles y los escritores del Nuevo Testamento entendieron todos, de manera unánime, que este siervo del Señor anónimo, que aparece en Isaías 53, era Jesús de Nazaret. Examinemos un momento un solo versículo: Isaías 53:6. Este es el versículo central de los últimos veinte y siete capítulos de Isaías, y en realidad, es el versículo central de la expiación:

“Todos nosotros nos hemos descarriado como ovejas. Cada uno se ha apartado por su camino, y el Señor ha puesto sobre Él [ese es Jesús] la iniquidad [o la culpa o la rebelión] de todos nosotros.”

¿Cuál es la culpa universal del género humano? No todos hemos asaltado un banco o cometido adulterio, o robado, o caído en la borrachera. Hay muchas cosas que podemos decir que no hemos hecho. Pero hay una cosa que todos hemos hecho. Cada uno de nosotros se ha apartado por su propio camino. En una palabra, todos hemos sido rebeldes. La rebelión es el pecado universal del género humano. No importa nuestra nacionalidad, ni color, ni raza: todos somos culpables de rebelión. La misericordia de Dios consiste en que, al Jesús colgar en la cruz, el Señor cargó en él la iniquidad, o la culpa, o la rebelión, de todos nosotros.

Esa palabra en hebreo—y no me detendré esta noche para citar pasajes del Antiguo Testamento—pero esa palabra en hebreo—y la palabra es ahbone—significa no sólo culpa o rebelión, sino también todas las consecuencias malignas de la culpa. La misma palabra significa ambas cosas. De modo que, en la cruz, Dios cargó en Jesús, la culpa o la rebelión de todo el género humano, así como también todas las consecuencias malignas de la rebelión, para que pudiéramos quedar libres de esas consecuencias malignas y recibir los beneficios de la justicia de Jesús.

Ahora vamos a examinar unos ocho o tal vez nueve aspectos de este intercambio. Depende de cuánto tiempo tengamos. Quiero que capten esto con mucha claridad. Voy a usar mi mano izquierda para representar el mal, y mi mano derecha para representar el bien. El mal recayó sobre Jesús para que el bien pudiera quedar disponible para nosotros. Examinemos ahora algunos aspectos específicos de este intercambio. Antes que nada, veamos los dos versículos anteriores de Isaías 53, versículos 4 y 5, donde dice:

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 5 Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga (o sus heridas) fuimos nosotros curados.

Estos versículos tienen dos aspectos. Está el aspecto espiritual, y está el aspecto físico. Consideremos primero el espiritual. Jesús fue castigado por nuestras transgresiones e iniquidades. Y ya que él fue castigado, nosotros podemos ser perdonados. Al ser perdonados, tenemos paz con Dios. Mientras no hayamos sido perdonados, no tenemos paz con Dios. La paz con Dios no viene sino a través del perdón. Podemos ser perdonados porque Jesús sufrió el castigo de nuestras iniquidades.

Así que quiero hacerlo de manera muy simple. Jesús fue castigado para que pudiéramos ser perdonados. ¿Está bien? Ahora, quiero que compartan conmigo esto. Quiero que usen sus manos. Quiero que se involucren realmente con su ser total en esta verdad. Míreme una vez y luego le voy a pedir que lo haga. “Jesús fue castigado para que pudiéramos ser perdonados.” ¿Está bien? Ahora lo vamos a decir todos juntos con su mano izquierda, el mal; la mano derecha, el bien. Y recuerden, su mano derecha es opuesta a mi izquierda, no se confundas con eso. ¡Excepto para aquellos de ustedes que están detrás de mí! Está bien. ¿Están listo? “Jesús fue castigado para que pudiéramos ser perdonados.” Esa es la primera parte del intercambio.

Ahora bien, en el mismo versículo dice lo siguiente:

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores...

Pero esas no son traducciones literales. La traducción literal es Él ha llevado nuestras penas y cargado nuestras enfermedades, y la consecuencia es que por sus heridas somos ¿qué? Sanados. ¿Ves?

Tengo la sensación de que necesitan que esto les sea confirmado. Mantengan su dedo en Isaías 53, y vayamos a dos pasajes del Nuevo Testamento. Primeramente, Mateo 8. En inglés, por un sencillo error de traducción, casi ninguna de las versiones traduce estas palabras en su sentido más claro y literal. Otras lenguas sí lo hacen. Además del español, las lenguas escandinavas emplean las palabras normales para expresar “enfermedad” y “dolores”. En su traducción en alemán, Lutero empleó kronkite y schmertz, que son las palabras normales para expresar “enfermedad” y “dolor”. Se trata sólo de un desgraciado error. Me parece que, de cierta forma, millones de creyentes angloparlantes han sido privados de una revelación del aspecto físico de la sanidad de Jesús.

Leamos ahora Mateo 8:16-17; se trata del comienzo del ministerio público de Jesús:

Y cuando llegó la noche, trajeron a él [a Jesús] muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.

¿Qué es lo que cita Mateo? Isaías 53:4-5. Mateo era judío; comprendía el hebreo, y también fue inspirado por el Espíritu Santo.

Vayamos ahora a 1 Pedro 2:24. Pedro también cita a Isaías 53. 1 Pedro 2:24. Está a mediados de una frase, pero no dejaremos que eso nos perturbe. Dice:

...quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero [es decir, la cruz], para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.

El verbo griego para sanar es la palabra griega estándar para la sanación física de la cual proviene la palabra griega para médico. Y todavía tiene el mismo significado en el griego moderno hoy en día. Así que está muy claro. En la cruz, Jesús llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias, y por sus heridas somos sanados. Él fue el sustituto. Así que lo haremos ahora, con la mano izquierda y la derecha. Lo haré una vez y luego te invitaré a hacerlo conmigo. “Jesús fue herido para que pudiéramos ser sanados.” No tiene que ser un teólogo para entender eso. Está bien. De hecho, los teólogos probablemente lo encuentren difícil. Bien. ¿Estás listo? “Jesús fue herido para que pudiéramos ser sanados.” Está bien. Esos son los primeros dos aspectos del intercambio. Número uno, Jesús fue castigado para que pudiéramos ser perdonados. Número dos, Jesús fue herido para que pudiéramos ser sanados.

Ahora bien, si vamos al versículo 10 de Isaías 53, encontraremos una revelación más completa de lo que se logró. Allí dice:

Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo [a Jesús], sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.

Fíjense en esta frase intermedia, “cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado”. Esta frase también podría traducirse “cuando su alma se haya hecho ofrenda por el pecado” sin cambiar el sentido. Sea cual sea la traducción, lo cierto es que el alma de Jesús se convirtió en ofrenda por el pecado de toda la humanidad.

Ahora bien, la misma palabra que se traduce “ofrenda por el pecado”, u “ofrenda de expiación”, o “culpa”, también se traduce “culpa” en el Antiguo Testamento. Esto es así porque, de acuerdo a la ley que regía las ofrendas por el pecado bajo el sacerdocio levítico, cuando alguien pecaba, tenía que traer su ofrenda sacrificial. Podía ser una oveja, una cabra, un carnero o un toro. Le llevaba la ofrenda al sacerdote, y le confesaba a éste sus pecados. El sacerdote ponía sus manos sobre la cabeza del animal ofrecido, y simbólicamente transfería los pecados del hombre a la ofrenda, al animal. Y entonces el sacerdote mataba al animal, y no al hombre. En otras palabras, el animal sufría la pena por el pecado del hombre, al haberse identificado con este pecado.

Ahora bien, el Nuevo Testamento deja muy en claro que, en última instancia, los toros, las ovejas y las cabras no pueden expiar el pecado del hombre; estos no eran sino imágenes proféticas de Jesús. Pero el alma de Jesús se convirtió verdaderamente en la ofrenda por el pecado. Y al convertirse en la ofrenda por el pecado, él fue hecho pecado.

Si dejan su dedo en Isaías 53 y van a 2 Corintios 5:21, verán cómo expresa Pablo esta verdad. 2 Corintios 5:21. Voy a leerlo con los nombres en vez de los pronombres, para que resulte más claro. Dice lo siguiente:

A Jesús, que no conoció pecado, por nosotros lo hizo Dios pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Ahora bien, a menos que comprendamos las ordenanzas que regían los sacrificios del Antiguo Testamento, no podremos apreciar totalmente que en 2 Corintios 5:21, Pablo está citando Isaías 53:10: “...cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado”. Porque cuando su alma se convirtió en la ofrenda por el pecado, su alma se hizo pecado con el pecado de la humanidad.

No necesitas ser un teólogo para discernir el intercambio. Lo diré una vez y espero que lo entiendan bien la primera vez cuando lo diga con usted. “Jesús fue hecho pecado con nuestra pecaminosidad para que pudiéramos ser hechos justos con Su justicia.” Veamos de nuevo 2 Corintios 5:21 para que estén seguros de que lo han entendido.

“Dios hizo a Jesús, quien no conoció pecado, para que fuera pecado por nosotros, para que nosotros pudiéramos llegar a ser la justicia de Dios en Él.”

Fíjense nuevamente en el intercambio. Jesús fue hecho pecado, con nuestro pecado, para que nosotros fuésemos hechos justos...¿con la justicia de quién? Con su justicia. No la nuestra: la suya.

Está bien. Lo diré una vez y espero que me sigan. “Jesús fue hecho pecado con nuestra pecaminosidad para que pudiéramos ser hechos justos con Su justicia.” ¿Está bien? ¿Lo tienen? Está bien. “Jesús fue hecho pecado con nuestra pecaminosidad para que pudiéramos ser hechos justos con Su justicia.” ¿Pueden suspirar de alivio? No tienen que esforzarte al máximo para ser justos. Tienen que recibir por fe la justicia de Jesucristo. Cualquier nivel inferior de justicia nunca le llevará al cielo. Pero Dios ha hecho provisión para que usted y yo seamos hechos justos con la justicia de Dios.

Para hablar del próximo intercambio, buscaremos Hebreos 2:9. Pudiéramos leer muchos pasajes diferentes, pero me parece que éste es el más sencillo y el más corto. Hebreos 2:9 dice lo siguiente:

Pero vemos a aquél que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.

Así que la paga o la consecuencia del pecado es la muerte. Cuando Jesús fue hecho pecado con nuestro pecado, fue inevitable que tuviera que pagar la consecuencia del pecado, la cual es la muerte. Por lo tanto, Jesús gustó la muerte por nosotros. Ahora bien, no hay que ser teólogo para saber que él lo hizo para que nosotros pudiéramos...¿qué? Participar de su vida. Juan 10:10 dice lo siguiente:

El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.

Así que el intercambio es muy simple. “Jesús probó la muerte por nosotros para que podamos, me gusta decir, compartir Su vida.” ¿Están listos? “Jesús probó la muerte por nosotros para que podamos compartir Su vida.” ¿Pueden ver cuán claro es, cuán lógico, cuán práctico? Debo decir que me tomó muchos años descubrir estas verdades de la palabra de Dios. Estoy compartiendo en una hora cosas que me han costado horas, días, semanas y meses, y años. Digo costado, pero, después de todo, fue una bendición y un privilegio.

El siguiente intercambio se expone en Gálatas 3:13–14, donde dice:

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).

Recuerden que a la cruz se le llama madero porque, en algunas lenguas—por ejemplo, en hebreo, y también en el idioma swahili, que se habla en el este de África—el árbol sigue llamándose árbol, aun cuando ha sido cortado. ¿Comprenden? Por lo tanto, la cruz era un árbol que había sido talado.

Maldito todo el que es colgado en un madero [versículo 14:] para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

¿Cuántos teólogos tenemos aquí que puedan discernir entre los dos elementos opuestos? ¿Qué es el mal? La maldición. ¿Qué es el bien? La bendición. Jesús, en la cruz, fue hecho maldición. En Deuteronomio 21:22-23, dice que el que es colgado de un madero, es maldito. Por lo tanto, cuando Jesús fue colgado del madero de la cruz, todo judío que conociera la Tora, el Antiguo Testamento judío, sabía que Jesús había sido hecho maldición. Fue hecho maldición para que nosotros pudiéramos recibir la bendición.

Esta es un área a la que Dios me ha guiado en los últimos cuatro o cinco años. Y como ahora no voy a tener tiempo para entrar en ella en detalle, quiero recomendarles el mismo libro que mencioné anteriormente: Cómo pasar de la maldición a la bendición. No es justo dejarlos sabiendo, simplemente, que han sido redimidos de la maldición a fin de que puedan recibir la bendición. Este libro les enseñará cómo apropiarse de esta verdad de manera práctica.

Permítanme mencionar siete indicaciones comunes de que existe una maldición. Ahora bien, la mayoría de las maldiciones no afectan simplemente a individuos, sino a familias y a comunidades más extensas. Y la característica fundamental tanto de la maldición como de la bendición en las Escrituras, es que se trasmiten de generación en generación, a menos que ocurra algo que las interrumpa. Hemos conocido a personas cuyos problemas se remontaban a cientos de años. No sé si habrá algún escocés aquí esta noche; no levante la mano si hay alguno. Pero he aprendido que los escoceses eran personas que se maldecían unas a otras con mucha frecuencia. No maldecían en el sentido de blasfemar, sino en el de maldecirse unos a otros. Ruth y yo hemos tratado en los últimos años con dos familias sobre las cuales se habían pronunciado maldiciones en el siglo XVI, maldiciones que todavía estaban vigentes. Una familia estaba en Escocia; la otra se encontraba en Australia.

De todos modos, permítanme ofrecerles muy brevemente, en base a mi observación personal, siete indicaciones comunes de que puede haber una maldición sobre su vida. Ahora bien, si sólo hay una de estas indicaciones, no digo con certeza que haya una maldición. Pero si hay varias de ellas, y si se detectan en su familia en diferentes zonas y en diferentes generaciones de la familia, pueden estar casi seguros de que hay una maldición. Helas aquí:

Antes que nada, el colapso nervioso y la perturbación emocional.

Segundo, las enfermedades repetidas o crónicas, especialmente si son hereditarias, porque lo hereditario es indicación de la maldición.

Tercero, pérdidas de embarazo repetidas, o problemas femeninos relacionados con la pérdida del embarazo. En nuestro ministerio a los enfermos, Ruth y yo hemos llegado al punto de ocuparnos de esto simplemente como una maldición.

Cuarto, la desintegración del matrimonio y del hogar. Si en una familia hay una historia de separaciones y rupturas, y ésta se repite una y otra vez, pueden estar seguros de que hay una maldición sobre esa familia.

Quinto, insuficiencia financiera, si ésta se prolonga. Todos nosotros podemos conocer esta necesidad en ciertos momentos, pero si es persistente y nunca salimos de ella, pueden estar casi seguros de que se trata de una maldición.

Sexto, lo que llaman “propensión a sufrir accidentes”. “Soy naturalmente propenso a sufrir accidentes”. Éste es un factor estadístico objetivo que las compañías de seguros toman en cuenta cuando establecen la prima de una póliza.

Y séptimo, una historia de suicidios y de muertes no naturales dentro de una familia.

No vamos a profundizar en eso esta noche, pero vamos a afirmar la solución. Gracias a Dios que nunca, como cristianos, tenemos que enfocarnos exclusivamente en el problema. Abordamos el problema para señalar la solución. Así que vamos a tratar con este ahora. “Jesús fue hecho una maldición para que pudiéramos recibir la bendición.” Todos ustedes son teólogos esta noche. Muy bien, ¿están listos? No es solo una formalidad lo que están diciendo. Cada vez que lo dicen, Dios, los santos ángeles y el Espíritu Santo están tomando nota de lo que están diciendo. Recuerden, Jesús es el sumo sacerdote de qué? De su confesión, así es. Están haciendo una confesión. Muy bien. Lo diremos juntos. “Jesús fue hecho maldición para que pudiéramos recibir la bendición.” Amén.

El siguiente es realmente parte de eso, pero es una parte tan importante que lo trato por separado. “Jesús en la cruz soportó nuestra pobreza para que pudiéramos compartir Su riqueza.” Esto me llegó como una revelación hace años aquí en Nueva Zelanda. Fui invitado con mi primera esposa un año para hablar y cuando llegamos aquí, habían prometido pagar nuestros pasajes de ida y vuelta a los Estados Unidos. No tenían el dinero. Pero estaba bien. Dijeron que íbamos a recoger una ofrenda y querían que predicara sobre la ofrenda. ¡Así que estaba motivado! Si recuerdo bien, fue en Auckland. Bueno, he enseñado sobre el dinero muchas veces y tengo ese libro que es parte de mi enseñanza, ya saben, El Plan de Dios Para Su Dinero. Así que tenía mi esquema y estaba predicando sobre eso, pero sucedió algo extraño. Mientras pasaba por mi esquema, mentalmente veía a Jesús en la cruz. Y lo vi como realmente era, totalmente desnudo. Y a medida que definía los aspectos de la pobreza, vi que cada uno de ellos se aplicaba exactamente a Jesús en la cruz. Bueno, tomaron la ofrenda al final y tenían cuatro cajas usadas para manzanas al frente en el escenario. Y la gente se acercaba para poner su dinero o para hacer sus promesas. Y esa única ofrenda cubrió todos los gastos de todo.

Al día siguiente, Lydia y yo estábamos en Auckland, con el pastor, y nos encontramos con las personas que acudían a su cuenta de ahorro para sacar el dinero que habían prometido dar la noche anterior. Nunca he visto una ofrenda más abundante. Y estas personas eran lo que las Escrituras llaman dadores alegres. Estaban casi intoxicados con la emoción de dar.

Pero ahora voy a compartir con ustedes la revelación que recibí. Primero que todo, veamos unas escrituras del Nuevo Testamento. Veamos 2 Corintios 8:9, donde dice lo siguiente:

Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.

No hay que ser teólogo para ver la oposición, ¿no es cierto? ¿Qué es lo malo aquí? La pobreza. ¿Qué es lo bueno? Las riquezas. Así es.

Ahora, el lado opuesto del intercambio se encuentra en 2 Corintios 9:8, que Ruth y yo ya hemos recitado una vez. Me siento mejor cada vez que lo hacemos. Está bien. “Dios es poderoso para hacer que toda gracia abunde hacia nosotros, a fin de que siempre, teniendo todo lo suficiente en todas las cosas, abundemos para toda buena obra.” Mire si puedes encontrar alguna área que no esté cubierta por esa promesa. Dios es capaz de hacer que toda gracia abunde hacia nosotros. No es alguna gracia, sino toda gracia. Que siempre, teniendo todo lo suficiente en todas las cosas, abundemos para toda buena obra. Ese es el nivel de la provisión de Dios para Su pueblo, hecho posible por el sacrificio sustitutivo de Jesús en la cruz. Él fue hecho pobre para que pudiéramos compartir; prefiero decir abundancia porque no creo que sea necesariamente scriptural que cada cristiano tenga una gran cuenta bancaria o conduzca un Rolls Royce. Pero creo que es la voluntad de Dios que cada cristiano tenga sus necesidades suplidas y suficiente sobrante para dar a otros. Porque es más bendecido dar que recibir. Y Dios no quiere que ninguno de Sus hijos viva en el nivel más bajo de bendición, así que Él proporciona abundancia para que podamos tener el nivel más alto de dar a otros.

Ahora bien, algunas personas pintan a Jesús, en su ministerio en la tierra, como un pobre predicador que andaba por ahí harapiento y pidiendo limosnas. No creo que esto sea cierto. No creo que haya sido pobre. Se vestía como cualquier hombre de su época, y encima de sus otros ropas, vestía una túnica sin costuras tan fina y tan valiosa, que los soldados que estaban junto a la cruz no quisieron dividirla, sino que echaron suertes para decidir quién se quedaría con ella. Quisiera señalar lo siguiente: Jesús no llevaba consigo mucho dinero en efectivo; ¡simplemente usaba la tarjeta de crédito de su Padre! Y esta tarjeta siempre era aceptado. Quiero decir que cualquier hombre que pueda dar de comer a cinco mil hombres, mujeres y niños en el desierto, y dejarlos plenamente saciados, no es pobre. Hubo un momento en que surgió la pregunta acerca del dinero para pagar los impuestos. Jesús no envió a Pedro al banco; lo envió al mar de Galilea. Pero, insisto, el dinero llegó. No tiene ninguna importancia que no la haya sacado del banco.

En la última cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando los envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿les faltó algo?” Y, ¿qué respondieron ellos? “Nada”. Hay muchos misioneros que tienen abundantes asignaciones, y que disponen de autos y casas, pero que carecen de muchas cosas. Pero a aquellos primeros apóstoles no les faltaba nada, porque Dios les proveía todo según su abundancia.

Está bien. Examinemos ahora, por un momento, el capítulo de las maldiciones. ¿Cuál es? ¿Cuántos de ustedes saben cuál es el capítulo de las maldiciones? Así es, Deuteronomio 28. Ese capítulo habla acerca de las bendiciones y las maldiciones. Tiene sesenta y ocho versículos. Es un capítulo largo. Los primeros catorce versículos son bendiciones, y los cincuenta y cuatro versículos restantes son maldiciones. Y si en algún momento tienen alguna duda acerca de lo que es una maldición, simplemente lean esos cincuenta y cuatro versículos. Tal vez descubran que, como creyentes, han estado soportando maldiciones cuando deberían haber estado disfrutando de bendiciones. Examinemos dos versículos en la lista de maldiciones, el versículo 47 y el 48. Y por favor, fíjense que ésta es una maldición. Deuteronomio 28:47–48 dice lo siguiente:

Por cuanto no serviste a Jehová tu Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas...

Esa es la voluntad de Dios. Pero he aquí la alternativa que le toca al incrédulo y al desobediente:

...servirás, por tanto, a tus enemigos que enviare Jehová contra ti, con hambre y con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas...

Tomemos estas cuatro condiciones: hambre, sed, desnudez, necesidad de todas las cosas. ¿Qué significa esto, en una sola palabra? Así es, pobreza. Absoluta pobreza. No es posible tener mayor pobreza que ésta: estar hambriento, sediento, desnudo y necesitado de todas las cosas.

Ahora, imagina a Jesús por un momento en la cruz. Tenía hambre, no había comido en 24 horas. Tenía sed, una de Sus últimas declaraciones fue "Tengo sed". Estaba desnudo, le habían quitado toda Su ropa. Y estaba en necesidad de todo, no tenía nada. Cuando llegó el momento de ser enterrado, fue enterrado en una túnica prestada y en una tumba prestada. ¿Por qué? Porque agotó la maldición de la pobreza para que nosotros pudiéramos tener ¿qué? La abundancia, eso es correcto. ¿Ves el intercambio?

Está bien, digámoslo. Yo lo diré una vez y luego ustedes lo dirás conmigo. “Jesús soportó nuestra pobreza para que pudiéramos compartir Su abundancia.” ¿De acuerdo? “Jesús soportó nuestra pobreza para que pudiéramos compartir Su abundancia.” ¡Muestre una sonrisa, es una buena noticia! Les digo a los cristianos que no es un pecado que un cristiano sea feliz.

Hablemos rápidamente de otros dos aspectos. Se nos acaba el tiempo, y quisiera concluir rápidamente. Sí quisiera decir lo siguiente: Jesús sufrió nuestra vergüenza para que pudiéramos ser partícipes de su gloria. Si buscan Mateo 27, encontrarán allí la narración de la crucifixión. Mateo 27:35–36 dice lo siguiente:

Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes...

Le quitaron toda la ropa. Un hombre, en aquella época, tenía cuatro prendas de vestir. Había cuatro soldados. Cada soldado tomó una prenda. Después echaron suertes para decidir quién se quedaría con la túnica sin costuras. Entonces, en el versículo 36, dice lo siguiente:

Y sentados le guardaban allí.

Quiero decir esto de una manera que sea discreta. La desnudez de Jesús fue expuesta a los ojos de todo el que pasaba por allí. Es muy interesante notar que, según el relato bíblico, las mujeres que vinieron con él se mantuvieron a distancia. La única que se acercó fue su madre. Las Escrituras son muy discretas. Él sufrió nuestra vergüenza.

Ahora bien, ¿qué es lo contrario de esto? Volvamos nuevamente a Hebreos, capítulo 2, versículo 10, precisamente el versículo que le sigue al que examinamos anteriormente. Dice así:

Porque convenía a aquel [a Dios Padre] por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos [que es Jesús].

¿Cuál era el propósito de Dios? Llevar muchos hijos a... ¿qué? A la gloria. ¿Cómo se pudo lograr esto? Se logró al sufrir Jesús nuestra vergüenza para que pudiéramos ser partícipes de su gloria.

Al aconsejar a la gente, me he dado cuenta de que una de las heridas más profundas que puede sufrir el corazón humano es la vergüenza. Hay causas muy diversas, pero una de las causas más comunes en nuestra cultura contemporánea es el haber sido víctima de abusos sexuales durante la infancia. Actualmente se calcula que esto le ha ocurrido a uno de cada cuatro niños en los Estados Unidos. Y esto deja una cicatriz, una vergüenza. Pero, gracias a Dios que no tenemos que quedarnos allí. Tenemos la solución. He ayudado a muchas personas. Jesús sufrió nuestra vergüenza para que pudiéramos ser partícipes de su gloria.

Encontrarán a algunas personas—no estoy mirando a nadie, así que quiero ser muy cuidadoso—pero verán a algunas personas que cuando oran nunca levantan su rostro hacia Dios. Siempre mantienen la cabeza agachada así. Usualmente el problema es la vergüenza. Cuando una persona es liberada—Job dijo, “Levantaré mi rostro sin mancha hacia Dios.” Muchas veces no somos conscientes de la atadura secreta que nos atormenta. Pero la liberación de toda atadura se proporciona a través de la cruz.

Así que hagamos el intercambio. Creo que pueden hacerlo esta vez sin que yo los guíe. Ustedes son un grupo maravilloso de personas. Está bien. “Jesús soportó nuestra vergüenza para que pudiéramos compartir Su gloria.” Está bien.

Ahora, sólo una cosa más, y terminaremos. No hemos llegado al final de la lista, pero es todo por esta noche. El intercambio final se produce entre el rechazo y la aceptación. Y una vez más, al ministrar a la gente, he llegado a la conclusión de que el rechazo es la herida más profunda que puede sufrir el corazón humano. Una señal del rechazo es que la persona rechazada nunca se siente como si formara parte del grupo. Siempre siente que los demás son aceptados por el grupo, pero ella no.

Otra señal del rechazo es la incapacidad para expresar el amor. Juan dice que amamos a Dios porque él nos amó primero a nosotros. Me parece que no podemos expresar el amor, si el amor nunca nos ha sido expresado. Para que una persona exprese amor, es necesario que el amor se le exprese. Y en nuestra civilización contemporánea, la razón más común por la que tantas personas llevan la herida del rechazo, es la actitud y la conducta de los padres. Primeramente, si una mujer está embarazada y se resiente de la pequeña vida que lleva en su vientre, y dice cosas como “No quisiera tener otro hijo”, ese pequeño ser siente el rechazo, y muchas veces nace con un espíritu de rechazo. He visto esto en muchos casos.

Además, al nacer un niño, el anhelo que Dios ha sembrado en el corazón de cada criatura es el de sentir la cálida expresión del amor de sus progenitores, y, ante todo, el amor de su padre. He llegado a la conclusión de que el amor del padre, cálidamente expresado, es lo que le da seguridad a un niño. ¡Qué seguro se siente el niño cuando su papá lo sostiene es sus brazos y lo aprieta contra su pecho! Pero lo cierto es que en nuestra cultura contemporánea, me parece que cincuenta por ciento de los niños estadounidenses de hoy, jamás reciben ese amor, y viven toda su vida con esta profunda herida de rechazo. Oh, ¡cuánto le agradezco a Dios que haya una solución!

Permítanme contartes esta pequeña historia, no la haré larga. Estuve en una reunión de campamento hace algunos años en los Estados Unidos y estaba programado para predicar. Caminaba por el terreno del campamento y estaba en peligro de llegar tarde a mi asignación, así que caminaba muy rápido. Y había una dama caminando igualmente rápido en la dirección opuesta y nos chocamos. Después de que nos recompusimos un poco, ella dijo: “Señor Prince, estaba orando para que si Dios quería que le hablara, ¡nos encontraríamos!” Bueno, le respondí: “Nos hemos encontrado. Pero solo puedo darte dos minutos porque tengo que estar en el auditorio para predicar. Así que dígame cuál es su problema.” Y ella habló durante aproximadamente un minuto y podría haber continuado durante veinte. Le dije: “Escuche, no tengo más tiempo, creo que entiendo su problema. Quiero que diga esta oración después de mí.” Y no tenía en mente exactamente lo que iba a orar, no le dije lo que iba a orar, pero oré algo como esto: “Dios, te agradezco que eres mi Padre, que soy tu hijo. Realmente me amas. No soy rechazado, no soy no deseado. Soy un miembro de la familia de Dios, la mejor familia del universo. Gracias, Dios, eres mi Padre, soy tu hijo. Me amas y yo te amo. Gracias, gracias, gracias, Dios.” Y le dije, ahí lo tiene, adiós. Aproximadamente un mes después recibí una carta de esa dama. Describió la situación, cómo nos habíamos encontrado para asegurarse de que supiera quién era ella. Y dijo: “Solo quiero decirte, Señor Prince, que orar esa simple oración delante de usted cambió completamente mi vida.” ¿Qué le pasó? Pasó del rechazo a la aceptación. Se dio cuenta de lo que era ser un hijo de Dios.

Escuche, si sus padres le fallaron, hay muchas cosas en el pasado que no podemos cambiar. Pero su relación con Dios sí está garantizada.

Consideren esta imagen de Jesús, y esta es la última que examinaremos. Mateo 27:45–51 dice lo siguiente:

Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: “Elí, Elí, ¿lama sabactani?” Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste. Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo...

En realidad, Jesús no murió a causa de los efectos físicos de la crucifixión. Cuando Pilato supo que ya estaba muerto, se sorprendió, porque, normalmente, hubiera vivido tal vez dos horas más. ¿De qué murió? Murió de pena. ¿Qué fue lo que le partió el corazón? El hecho de ser rechazado. ¿Rechazado por quién? Así es, por el Padre. Por primera vez en la historia del universo, el Hijo de Dios clamó al Padre, y el Padre no respondió. Cerró los oídos; desvió los ojos. ¿Por qué? Porque Jesús había sido hecho pecado con nuestro pecado, y Dios no puede mirar el pecado con simpatía.

Jesús sufrió nuestro rechazo. E inmediatamente después, entregó su espíritu, y lo primero que sucedió fue que el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo. El velo era extremadamente grueso. Los seres humanos no podrían haberlo rasgado en dos, ni siquiera desde abajo, pero se rasgó de arriba abajo, para mostrar que era Dios quien lo había hecho. Ese era el velo que separaba a los hombres impíos de un Dios santo. Y cuando Jesús sufrió nuestro rechazo, Dios nos dio su aceptación como hijos suyos.

Veamos por un momento lo que dice Efesios 1. Efesios 1:3–6:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado...

¿Cuál es el intercambio? Veamos si pueden decirlo sin mi ayuda. “Jesús soportó nuestro rechazo para que pudiéramos tener Su aceptación.” Maravilloso, lo haremos de nuevo. “Jesús soportó nuestro rechazo para que pudiéramos tener Su aceptación.”

Permítanme repasar, muy rápidamente, los ocho aspectos del intercambio que hemos examinado. Usaré las manos para expresarme. Hagamos lo siguiente: yo confesaré estas verdades una vez, y luego ustedes las confesarán después de mí. No nos vamos a demorar; el tiempo se está yendo. ¿De acuerdo?

“Jesús fue castigado para que nosotros fuéramos perdonados”. Escuchen, esta vez quiero que lo hagan personal. No digan “nosotros”, digan “yo”. “Jesús fue castigado para que yo fuera perdonado”.

“Jesús fue herido para que yo pudiera ser sanado.”

“Jesús fue hecho pecado con mi pecaminosidad para que yo pudiera ser hecho justo con Su justicia.”

“Jesús murió mi muerte para que yo pudiera compartir Su vida.”

“Jesús fue hecho maldición por mí para que yo pudiera recibir la bendición.”

“Jesús soportó mi pobreza para que yo pudiera compartir Su abundancia.”

“Jesús soportó mi vergüenza para que yo pudiera compartir Su gloria.”

“Jesús soportó mi rechazo para que yo pudiera tener Su aceptación.”

Ahora bien, si realmente creemos todo esto, ¿saben lo que debemos hacer? Debemos darle gracias a Dios; en realidad, es lo único que podamos hacer. Dediquemos un momento a darle gracias. Expresemos libremente nuestro agradecimiento, todos juntos. La mejor manera de expresar la fe es darle gracias a Dios. Démosle gracias. Amén. Gracias, Señor. Gracias, Jesús. Gracias, Señor Jesús. Alabado sea tu maravilloso nombre. Creemos en ti, Señor. Creemos en ti; te damos las gracias. Te bendecimos; bendito sea tu santo nombre, Señor Jesús. Lo hiciste todo por nosotros, y queremos darte las gracias esta noche.

Ahora, si hay algunos de ustedes aquí esta noche que nunca han agradecido personalmente a Jesús por lo que hizo por ustedes. Que murió en su lugar. Que fue hecho pecado con su pecaminosidad para que ustedes pudieran ser hechos justos con Su justicia. Que soportó su rechazo para que ustedes pudieran tener Su aceptación. Nos gustaría darles, en unos pocos momentos finales, la oportunidad de tomar esa decisión aquí esta noche y afirmarla. Estamos hablando ahora de personas que nunca han aceptado realmente la expiación de Jesús en su nombre por sus pecados, por sus almas, para recibir vida eterna. Ustedes han tenido eso presentado y pintado ante ustedes esta noche desde la Palabra de Dios. El espíritu de Dios está tocando su corazón y ustedes dicen: “Quiero hacerlo mío esta noche. Quiero estar seguro de que lo tengo. No quiero salir de este lugar incierto o confundido.” Es muy simple. Lo que les voy a pedir que hagan si quieren resolver esto con Dios esta noche es solo una cosa sencilla. Pónganse de pie justo donde están ahora mismo y yo los guiaré en una oración muy simple que lo hará suyo. No duden y no esperen porque no vamos a prolongar este servicio mucho más. Sienten la necesidad de hacer una afirmación personal de su aceptación del sacrificio de Jesús en su nombre. Jesús dijo que si lo confiesan ante los hombres, Él los confesará ante el Padre. Si lo niegan ante los hombres, Él los negará ante el Padre. Así que, si quieren hacer esa confesión aquí esta noche, no miren alrededor si Dios está tratando con ustedes. Pónganse de pie justo donde están. No se sientan avergonzados. Pónganse de pie y digan: “Dios, quiero eso esta noche.” Dondequiera que estén, oraremos por ustedes. Alaben a Dios. Dios los bendiga. Dios los bendiga. Dios los bendiga. Puede que no los vea a todos. Hermanos en la plataforma, si ustedes. Dios los bendiga. Esos son cuatro hombres que se han puesto de pie en el balcón. Dios los bendiga, señora. No se sienten. Pónganse de pie. Los voy a guiar en una oración. Manténganse de pie. Gracias. Solo quédense conmigo y ayúdenme. Dios los bendiga. Creo que hay varios más. No sean tímidos. Alaben a Dios. Si no los reconozco, no dejen que eso los avergüence. Solo sigan de pie. Lo que me sorprende esta noche y me gratifica es el número de hombres que están de pie. Amén. Gracias, Señor. Gracias, Señor. Gracias, Señor. Gracias, Señor. Gracias, Señor Jesús. Gracias, Señor. Gracias, Señor. Sí, he visto a esa señora. Si no los veo después de todo, eso no es un gran problema. Dios los ve. Eso es lo que importa. Ahora hay algunos más que necesitan ponerse de pie. Algunos de ustedes que han sido asistentes a la iglesia toda su vida, pero nunca han tomado realmente esta decisión y afirmación personal. Dios los bendiga. Veo a otro de pie allí. Dios los bendiga. Simplemente no tengo la libertad de cerrar esta reunión en este momento. No estamos tratando de presionarlos, solo estamos tratando de ayudarles. Hay alguien en algún lugar que necesita ponerse de pie.

Dios, solo oramos en el nombre de Jesús, y liberamos, te bendecimos, y liberamos a aquellos que están atados por el miedo. Señor, los liberamos ahora en el nombre de Jesús, para que puedan... Dios te bendiga. Sigue de pie, no te sientes de nuevo. Por favor, levántate, esa dama allí. No te sientas avergonzada. Hermanos y hermanas, quiero decirles... Dios te bendiga, señor. Te veo. Un día, si nos da vergüenza levantarnos por Jesús ahora, estaremos terriblemente avergonzados cuando estemos frente a Él. Dos más en el balcón. Maravilloso. Cristianos, sigan orando. Espero que puedan ser pacientes un poco más. Esto es muy importante. Amén. Amén. Amén. Amén. Alabado sea Dios. Bien. Tengo la sensación de que hay uno o dos jóvenes, chicos o chicas incluso por debajo de la adolescencia, que necesitan levantarse. Ahora sé que es algo grande levantarse frente a todos estos adultos, pero si Dios te está impulsando, simplemente hazlo. Hay personas en el Auditorio James Hay, espero que hayan estado de pie porque esta oferta es tan válida para ustedes como lo es para cualquiera aquí. Amén. Amén. Bien. Aquellos de ustedes que están de pie, quiero que digan esta oración después de mí. Estarán orando al Señor Jesucristo, no están orando al Hermano Prince. Y me gustaría que la dijeran lo suficientemente alto como para oírse a sí mismos, ¿de acuerdo? Para que sepan que cuando salgan de aquí han dicho esa oración. ¿Pueden decir estas palabras y dirigirse al Señor Jesús? “Señor, Jesucristo, creo que eres el Hijo de Dios y el único camino hacia Dios. Que moriste en la cruz por mis pecados y resucitaste de entre los muertos. Te agradezco por lo que hiciste por mí y por fe lo recibo ahora. Te recibo, Jesús, como mi Salvador y te confieso como mi Señor. Acéptame ahora y hazme un hijo de Dios en el nombre de Jesús, oro. Amén. ¿Podemos todos agradecer a Dios juntos por esos? Gracias.

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