Esta es la primera de cuatro sesiones en las que estudiaremos Romanos capítulos 9–11. Los estudiaremos de manera sistemática. Han recibido un bosquejo que les servirá de guía, y necesitan una Biblia abierta de ser posible.

El título de estas cuatro sesiones es “El destino de Israel y de la Iglesia”. Su tema central es la soberanía y la gracia de Dios que operan a través de su elección. Quiero repetir esas palabras porque son vitales. La soberanía y la gracia de Dios que operan a través de Su elección.

Estas son grandes verdades centrales del Nuevo Testamento, pero según he observado, muy pocos cristianos contemporáneos realmente se han aferrado a ellas. Hay una especie de déficit en la comprensión de los cristianos hoy.

Si pudiera hacer una pequeña comparación, gran parte de la iglesia se parece a la astronomía antes de Copérnico, cuando las personas creían que el sol giraba alrededor de la tierra. Y como recuerdan, hubo una revolución intelectual y religiosa antes de que pudiera determinarse la verdad de que la tierra gira alrededor del sol. Antes de eso, la visión del hombre sobre el universo se centraba en la tierra y, por ende, había muchas otras áreas que no podía medir o comprender con precisión.

¿Por qué digo esto? Porque creo que muchos cristianos tienen una visión de Dios que está centrada en el hombre. La visión de Jesucristo gira, de algún modo, alrededor de nosotros y así satisface nuestras necesidades y contesta nuestras oraciones y hace lo que queremos. Esa es una imagen totalmente distorsionada de Dios. Gracias a Dios que Jesús está presente, que en efecto contesta nuestras oraciones, y cuida de nosotros, y nos ama, y provee para nosotros, pero nosotros no somos el centro. Jesucristo es el sol, y nuestra pequeña tierra gira alrededor de Él. Y cuando lo pone en el centro de su universo, muchas otras cosas ocupan su lugar, las cuales no puede entender con exactitud cuando ve todo desde una perspectiva centrada en usted.

He dedicado un momento breve a definir la palabra soberanía. Es otra palabra que se usa muy poco entre los cristianos contemporáneos. Mi definición de soberanía, que es una definición simple y práctica, es la siguiente: Dios hace lo que Él quiere cuando Él quiere como Él quiere y no le pide permiso a nadie. Conozco a muchos cristianos que realmente piensan que Dios necesita su permiso para actuar en sus vidas. Entonces eso es soberanía. Traten de ver cómo se ajustan a eso. Dios hace lo que Él quiere cuando Él quiere, como Él quiere, y no me pide permiso a mí, y no le pide permiso a usted.

Hay una filosofía contraria que también es un tipo de religión muy extendida en nuestra sociedad contemporánea, se llama humanismo. El humanismo dice que el hombre es el centro. Si Dios hace cualquier cosa, tiene que obtener nuestra aprobación. Y si no lo aprobamos, Dios no debería hacerlo. No es una filosofía nueva. De hecho, soy filósofo de profesión. Dediqué muchos años a estudiar la filosofía griega y otras filosofías. Estaba calificado para enseñarlas en la universidad. Hacia el año 600 a.C., el primer filósofo griego de cuyos dichos se tiene registro—no había muchos, pero el más breve y contundente era “el hombre es la medida de todas las cosas”. Se llamaba Heráclito. Eso resume el humanismo. Así que no es nuevo,… solo ha salido a la superficie.

Así que tenemos dos visiones opuestas del mundo y de la vida. La visión bíblica, centrada en Dios. Todo empieza con Dios y termina con Dios. La visión humanista que se ha infiltrado en la iglesia, a decir verdad, en gran medida, que es: Dios necesita nuestro permiso para hacer cualquier cosa. Y si no nos gusta lo que Él hace, le negamos nuestro permiso. No sé exactamente en qué afecta eso a Dios, pero esa es la actitud.

He seleccionado algunos versículos clave de estos capítulos, de los capítulos 9–11, que refieren los temas principales. Si tiene su bosquejo, puede buscar la página 7. Solo les daré un rápido vistazo. Romanos 9:11:

Para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.

Esa es la soberanía de Dios. Sucede porque Dios eligió hacerlo. Y Dios no eligió porque nosotros lo ganamos o lo merecimos, Él simplemente eligió porque así lo quiso. Quiero hacerle esta pregunta: ¿Confía usted en que Dios elija? Es una pregunta muy importante en su vida. Le diré una manera como aprendí lo importante que era. Hace unos 15 años Dios llamó a mi primera esposa Lidia a casa, después de estar casados, de haber vivido felices y servido a Dios juntos durante casi treinta años. Ese fue el golpe más duro, la experiencia más dolorosa que había sufrido hasta entonces. Y en medio de una profunda pena, meditaba en las palabras de Job cuando dijo: “El Señor dio y el Señor quitó”. El Espíritu Santo me hizo esta pregunta: Si confías en que Dios dé, ¿confías también en que Él quite? Me pareció completamente ilógico solo confiar en que Dios da y no en que quita. Si yo creía que Él hizo lo correcto en haberme dado a Lidia, tenía que creer que Él hizo lo correcto cuando se la llevó en su tiempo. Sé que algunos de ustedes han sufrido un duelo. Cuando oro por las personas viudas, siempre experimento una empatía especial con ellas. Puede que esa sea una pregunta que algunos de ustedes necesiten hacerse: ¿Confío en Dios? ¿Confío en su elección? ¿Confío en su tiempo? Cuando logre llegar al punto de confiar en Él, será una persona mucho más apacible.

El segundo pasaje clave es Romanos 9:16:

Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Al final, no es nuestro esfuerzo, no es nuestro ingenio, es la misericordia de Dios. Siento esa especie de silencio en el interior de ustedes en ese momento. Siento que algunos de ustedes apenas si han enfrentado ese asunto. Los resultados que realmente importan en su vida no provienen de todos sus esfuerzos o de todo su ingenio; vienen porque Dios es misericordioso.

Como ve, eso está bien porque podemos confiar mucho más en la misericordia de Dios de lo que podemos confiar en nuestro propio ingenio.

El tercer pasaje:

Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.

Muchos conocemos este pasaje, pero muchos de nosotros no lo hemos aplicado realmente a nuestra vida religiosa. Todavía confiamos de alguna manera en guardar una serie de reglas para ser justificados por Dios. Y eso no funciona.

Estuve en este auditorio, creo, si no me equivoco, hace dos o tres años, y prediqué acerca de estos temas sin haber planeado realmente lo que iba a decir, y dije: “Por supuesto, el cristianismo no es una serie de reglas”. Miré las caras de quienes estaban al frente y estaban estupefactos. Creo que se habrían escandalizado menos si yo hubiera dicho que no hay Dios. Pero el cristianismo no es una serie de reglas. ¿Qué es? Esa es otra pregunta.

Romanos 10:9:

Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

Este es el único dato que necesita saber en toda su vida: ¿Cómo puedo ser salvo? Y esa es la respuesta.

Ahora Romanos 11:5:

Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia.

La traducción de LBLA dice más literalmente, “conforme a la elección de la gracia de Dios”. Aquí se repite, todo depende de la gracia de Dios y de su elección.

Luego 11:22, palabras que la iglesia contemporánea necesita con urgencia:

Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado.

Mucho se predica realmente acerca de la bondad de Dios. Pero hay otra faceta de Dios, es su severidad. Y nuestra forma de relacionarnos con Dios es lo que determinará qué faceta de Dios veremos.

Luego Romanos 11:29:

Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.

Una vez que Dios ha dado algo, Él nunca se retracta. Una vez que Dios ha llamado a alguien, Él nunca retira su llamado.

Y por último, lo que realmente condensa estos capítulos:

Porque de él [es decir, Dios], y por él, y para él, son todas las cosas.

Todo empieza con Dios, se mantiene con Dios y termina con Dios.

Veremos más en detalle de estos capítulos. Si quiere seguir su bosquejo, ahora estamos en la página 8. Yo no sé cómo llegamos tan rápido hasta la página 8, pero ahí estamos.

Ahora solo trataremos los capítulos 9–11. A menudo los teólogos y predicadores se han referido a estos capítulos como una divagación o un paréntesis. Una simple mención de Israel como un asunto secundario y que carece de importancia. Nada hay en estos capítulos que sustente esa idea. Además, como ya he señalado, justo en la mitad de él encontramos la respuesta de Dios a la pregunta más importante de la vida humana: ¿cómo puedo ser salvo? Está en la mitad del capítulo 10. Qué absurdo es llamar al resto un paréntesis o una divagación. Yo no soy judío, pero debo decir que en mi opinión clasificar esos capítulos como una divagación o un paréntesis es una expresión de prejuicio gentil. Eso es lo que es.

La relación de Dios con Israel, que es el tema principal, pero de ninguna manera el tema exclusivo de estos capítulos 9 y 11, provee una demostración histórica de muchos principios espirituales vitales que se aplican igualmente a los cristianos. Han tenido lugar en la historia de Israel, son parte de la historia registrada, pero están ahí para nuestro provecho porque Dios no ha cambiado sus principios, los mismos principios que operan en nuestra vida. Necesitamos conocerlos. Nos conciernen y son vitales para nosotros.

Ahora buscaremos los capítulos exactos y los trataré por partes, leyendo desde los capítulos y luego comentándolos. Comenzaremos ahora con Romanos 9, empezando en el versículo 1. Tenemos que recordar que las divisiones de capítulo no estaban en el texto original. Las puso un traductor, creo, en el siglo 16—como muchas otras cosas. En el texto original no hay mayúsculas, ni párrafos, ni capítulos. Entiendo perfectamente la importancia para los lectores modernos de poner todo eso, pero hay que tener presente que son subjetivos; no son necesariamente correctos, solo fueron lo mejor que pudo hacer el traductor. Entonces no debemos marcar una gran separación entre el capítulo 8 y el capítulo 9, ¿comprende? El capítulo 8 termina con esta gloriosa conclusión que nada puede separarnos del amor de Dios en Cristo. Y luego Pablo prosigue con algo que contrasta mucho con esto. En realidad dice: “Desearía poder ser separado del amor de Dios por causa de mis parientes israelitas”. Pero, por supuesto, Dios no acepta esto. Esto es lo que dice—creo que tendrá que entender que Pablo siempre ha sido visto con gran hostilidad por parte del pueblo judío. Muchos judíos dicen a Jesús lo podemos aceptar, pero a Pablo. . . Y una razón es que ellos lo consideran una fuente de antisemitismo. Aun su propia vida estuvo en grave peligro por la persecución encarnizada de los judíos porque llevaba el evangelio a los gentiles. El pueblo judío sintió que él tomaba algo que les pertenecía a ellos únicamente y lo daba a un pueblo al que ellos consideraban muy inferior e indigno. Si estudia la vida de Pablo como la revela el Nuevo Testamento [Hechos], descubrirá que esa fue la razón principal por la cual fue perseguido por su propio pueblo. Hizo un discurso en los escalones del palacio romano después que ellos trataron de matarlo en el templo en Roma, creo, en el capítulo 21. Cuando les habló en hebreo, ellos escucharon atentamente—hasta que mencionó que Jesús le había ordenado ir a los gentiles. Entonces gritaron, le lanzaron polvo y dijeron que no merecía vivir.

Hay que tener presente que Pablo amaba profundamente a su propio pueblo judío, y llevó esta pesada carga a todo lo largo de su ministerio, de que ellos lo consideraban en cierto sentido un traidor. Y así comienza este capítulo declarando su compromiso absoluto con el bienestar de su propio pueblo. Tiene que entender esto a la luz de ese contexto.

Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, [algo que toma con mucha seriedad] que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón.

¿Cuál es la causa de su tristeza y su dolor?

Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne. . .

Le preocupaba tanto la condición de sus hermanos judíos que dijo: “Desearía perderme si Dios pudiera aceptarlos en mi lugar”. Esa es una declaración asombrosa. Creo que solo hay dos hombres que se han sentido así jamás. Uno es Pablo, el otro es Moisés. Dos hombres a quienes Dios usó de manera extraordinaria para llevar a cabo Sus propósitos. Esto me da a entender a mí como alguien llamado al ministerio que una de las condiciones para hacer lo que Dios quiere es sentir una verdadera carga por el bienestar del pueblo de Dios.

Marque con su dedo Romanos 9, va a necesitar con frecuencia su dedo, y vuelva a Éxodo 32, que es la escena después que Israel fabricó el becerro de oro. Moisés tuvo que subir e interceder ante Dios a favor de ellos. Éxodo 32 versículo 31 y los siguientes:

Entonces volvió Moisés al Señor y dijo: ¡Ay!, este pueblo ha cometido un gran pecado: se ha hecho un dios de oro. Pero ahora, [dirigiéndose a Dios] si es tu voluntad, perdona su pecado, y si no, bórrame del libro que has escrito [Bórrame del libro de la vida. Vale la pena observar la respuesta de Dios]. Y el Señor dijo a Moisés: Al que haya pecado contra mí, lo borraré de mi libro.

¿Cree que esto todavía se aplica? Creo que Dios solo tiene un libro. Creo que es muy insensato dar por hecho automáticamente que por algún suceso en su pasado su nombre permanece indeleble en el libro del Señor.

En cualquier caso, Moisés y Pablo, por lo que sé, fueron los únicos dos hombres que sintieron esa intensa devoción por el pueblo de Dios al punto de estar dispuestos a perderse si eso podía salvarlos. Por supuesto que no era posible. Solo hay una persona que pudo hacer eso. ¿Quién fue? …Jesús, así es. Él hizo lo que Moisés y Pablo desearon poder hacer pero no pudieron.

Ahora vuelvo a Romanos 9:4, donde Pablo describe a sus compatriotas judíos. Él dice:

. . . que son israelitas . . .

Quisiera que se fijara que, en casi todas las instancias, tal vez con una o dos excepciones, donde Pablo se refiere a Israel en estos capítulos, sería absolutamente imposible aplicar esas palabras a la Iglesia. Le diré por qué. Porque está escribiendo acerca de sus compatriotas israelitas que están perdidos. Esa es su tristeza profunda. Y luego describe lo que los hace un pueblo especial, que es la relación de Dios con ellos a lo largo de unos dos mil años. Y habla de ocho privilegios específicos y únicos de los que gozó Israel. Conforme leo estos versículos, trate de identificar los ocho privilegios. Empezando en el versículo 4:

. . . de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo. . .

¿Identificó los ocho? ¿Les parece si los repasamos brevemente? Número uno, la adopción como hijos. Cuando el Señor mandó a faraón liberar a Israel en Éxodo 4 versículos 22, dijo:

“Israel es mi hijo, mi primogénito… deja ir a tu hijo para que me sirva”.

En seguida dijo a faraón:

“Te has negado a dejarlo ir. He aquí mataré a tu hijo, a tu primogénito”.

Y eso fue lo que sucedió, por supuesto, la noche de la Pascua. Esa fue la declaración de Dios: “Israel es mi hijo, mi primogénito”. Primogénito entre las naciones.

El segundo es la gloria, la presencia manifiesta y visible de Dios. En varias formas: como una nube, como fuego, y otras.

Luego los pactos. Todos los pactos de la Biblia fueron originalmente desde Noé en adelante revelados a Israel.

La promulgación de la ley en el monte Sinaí. Ese es el cuarto, creo, ¿no es así?

Número cinco, el culto del templo.

Número seis, las promesas de Dios fueron todas dadas al pueblo judío.

Número siete, de quienes son los padres, los patriarcas.

Y luego número ocho, de quienes vino el Mesías según la carne. Según su naturaleza humana, Jesús era judío.

Y luego dice de Jesús:

. . . el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.

Este es uno de los pasajes en los que Pablo asigna específicamente el título “Dios” al Señor Jesucristo.

Ahora pasemos a la siguiente sección que empieza en el versículo 6 y continúa hasta el versículo 13. El título que he escogido para esta sección es “La elección de Dios determina quiénes son su pueblo”. Aquí se trata de la soberanía de Dios y del llamamiento de Dios. Aquí es donde se evidencia más claramente que en cualquier otro pasaje de la Biblia. Y se dan dos ejemplos de la historia antigua de Israel para enfatizar que no es nuestra decisión lo que realmente importa sino que es la decisión de Dios.

Permítame ponerlo por un momento en términos personales. Usted no es cristiano porque usted decidió ser un cristiano—esencialmente. Usted es cristiano porque Jesús lo eligió. Si Jesús nunca lo hubiera elegido, usted nunca habría hecho esa elección. La iniciativa no viene de usted, sino del Señor. Usted tiene el privilegio de responder pero no toma la iniciativa. Y esto es lo que Pablo resalta. Por eso estas lecciones son tan importantes para nosotros como cristianos hoy, porque los mismos principios que operaron en la historia del pueblo judío operaron igualmente en nuestras vidas.

Veamos ahora lo que Pablo dice. Él toma dos ejemplos en los que Dios hizo una elección entre los descendientes de Abraham y en cada caso, en cierto sentido, fue, permítanme decirlo, una elección insólita. Pero fue la elección de Dios lo que determinó la historia. Así dice Romanos 9:6:

No que la Palabra de Dios haya fallado.

Se refiere a la Palabra de Dios que vino a Israel. Puede que diga que Israel falló. En cierto sentido, eso es cierto, aunque no totalmente cierto. Pero la Palabra de Dios no falló. Cumplió su propósito. Y luego dice:

Porque no todos los que descienden de Israel son israelitas . . .

Es muy importante que entendamos eso. Lo que él dice es que no todas las personas que son israelitas de nacimiento son aceptados por Dios como Israel. Este es un uso excepcional de la palabra Israel. Tenemos que analizarlo porque está ahí mismo. En dos casos, en este y el siguiente, Pablo dice: “Dios no incluyó a todos los que podían ser incluidos, sino que puso aparte hijos a quienes otorgó el título”. En vez de tratar de explicarlo, veamos el ejemplo.

. . . ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos . . .

Y luego cita las palabras que Dios habló a Abraham acerca del hijo de quien prometió:

“EN ISAAC TE SERÁ LLAMADA DESCENDENCIA [o tu simiente será llamada]”.

Él dice entonces que Abraham tuvo dos hijos, Ismael e Isaac. Ismael de Hagar, Isaac de Sara. Pero los únicos que son contados como descendientes de Abraham en este sentido son los que descienden de Isaac. Así, de los dos, Dios excluyó al mayor y eligió al menor. Y siempre en este pasaje Dios reduce el número, no lo extiende. No se sugiere aquí que Dios nos dé el nombre Israel a los cristianos. Eso no se aproxima en absoluto a lo que Dios dice. Lo que Dios dice es que Él reduce el número de personas a quienes se aplica el nombre Israel, que son reconocidos como descendientes de Abraham. Los descendientes de Ismael en ese sentido están excluidos y solo se incluyen los descendientes de Isaac. ¿Lo ve? Espero que así sea.

Pero ahí no termina, porque pasamos a la siguiente generación, a Rebeca la esposa de Isaac. Rebeca quedó embarazada de gemelos que luchaban en su vientre. Y cuando buscó al Señor en oración, el Señor le dijo: “Tienes dos naciones diferentes en tu vientre, y una será más fuerte que la otra, y el mayor servirá al menor”. Esto también es contrario a la tradición normal de Medio Oriente donde el mayor es el hijo que está por encima y tiene preeminencia. Pero no fue así. Dos veces Dios excluyó al mayor y eligió al menor.

Y ahora vemos aquí donde Pablo hace todo lo posible para recalcar que no dependió de nada que Esaú o Jacob hubieran hecho. Porque, antes de que nacieran, cuando todavía estaban en el vientre de su madre, Dios dijo, “rechacé a Esaú y escogí a Jacob”. ¿Ve lo que Pablo enfatiza aquí? La mayoría de ustedes no están acostumbrados a este enfoque. Que en realidad depende de la elección de Dios. Desearía que pudieran ver sus caras. Yo sabía que iba a ser polémico este punto, pero la polémica no es mía, es de Dios. Formulé la pregunta antes, y quiero volver a plantearla. ¿Confía en que Dios hace la elección correcta? ¿Sí o no? Muchas personas no. Es una decisión personal y cada uno tiene que tomar esa decisión.

He conocido al Señor casi 50 años y realmente he llegado a comprobar por experiencia que sus elecciones son correctas. No siempre estuve de acuerdo con algunas de ellas, pero ahora sí lo estoy. Él sabe lo que hace.

Ahora leamos y lo verá. Versículo 8:

No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.

No es la simple descendencia en la carne por herencia natural de lo que constituye a Israel. Mantengamos nuestros dedos en Romanos 9 y volvamos por un momento a 1 Pedro capitulo 1 versículo 23. Hablándonos como a cristianos nacidos de nuevo, Pedro dice:

Siendo renacidos [espero que eso sea cierto de cada uno de nosotros], no de simiente corruptible [no de simiente natural], sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

¿Cuál es la simiente generativa que nos convierte en pueblo de Dios? ¿Cuál es la semilla? La Palabra de Dios, así es. Este principio se remonta a la historia de los patriarcas. Porque no fue la descendencia natural lo que determinó quiénes eran aceptados por Dios como su pueblo, sino la aceptación de la promesa de la Palabra de Dios. ¿Lo ve? ¿Cuál fue la semilla? Fue la Palabra de Dios. Así, para ser un verdadero israelita, tenía primero que ser descendiente de Abraham, Isaac y Jacob. Esa era una parte pero no era suficiente. También tenía que tener la semilla de la Palabra de Dios que se recibe por la fe en el corazón para realmente ser parte del pueblo escogido de Dios.

Vuelva a Romanos 9 y lea conmigo el versículo 8 otra vez:

No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios [no por descendencia natural solamente], sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.

La promesa es la Palabra de Dios. Y luego dice:

Porque la palabra de la promesa es esta [la palabra que el Señor habló a …Abraham]: “POR ESTE TIEMPO VENDRÉ, Y SARA TENDRÁ UN HIJO”.

Este es el primer ejemplo de la promesa como semilla generativa. Así que de todos los descendientes de Abraham, solo son considerados pueblo de Dios los que han recibido la promesa de Dios por la fe en sus corazones. Eso los hace verdaderamente pueblo de Dios.

Y luego tomamos este segundo ejemplo que es aún más sorprendente, versículo 10:

Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: “EL MAYOR SERVIRÁ AL MENOR”.

Esaú servirá a Jacob. Mire cómo Pablo usa absolutamente todos los recursos del lenguaje para resaltar que fue la elección de Dios el factor decisivo. Tengo que decir que esta es una verdad muy difícil de aceptar para las personas en nuestra civilización occidental contemporánea. Porque todo en nuestra civilización ha sido permeado por la influencia del humanismo. La iglesia ha sido permeada por el humanismo más de lo que la mayoría de ustedes es consciente. Y por eso en realidad tenemos la actitud: “Dios, si vas a hacer eso, más vale que me rindas cuentas”. La Biblia dice que Dios no rinde cuentas de nada de lo que hace. No lo hace. ¿Recuerda lo que es la soberanía? Dios hace lo que quiere cuando quiere, como quiere, y no nos pide permiso.

Así, para demostrar esto con la mayor claridad, Dios tomó el caso de dos gemelos en el vientre de una mujer, ambos del mismo padre, y antes de que nacieran, antes de que tuvieran la oportunidad de hacer bien o mal, Él dijo: “Al que elijo es al menor, a Jacob. Y rechazo al mayor, a Esaú”.

De paso, me gustaría decir que, si hace un seguimiento de la vida de ellos, conforme a las normas contemporáneas, Esaú era el buen tipo, y Jacob era el talón. ¿Sabe lo que significa su nombre? Significa talón. Porque agarró a su hermano por el talón. En la jerga contemporánea se emplea esa palabra para hablar de alguien inescrupuloso. Según nuestros criterios contemporáneos, Esaú no hizo ningún daño. En cambio, Jacob lo estafó. Es decir, las cosas que hizo Jacob las veríamos con malos ojos hoy. No quiero decir que Dios lo respaldara, estoy diciendo que Dios no elige a aquellos que podrían ser nuestra elección. ¡Por eso algunos de nosotros fuimos escogidos!

Permítanme decir, quiero decir, si yo hubiera sido Dios, yo nunca me habría escogido. Estuve lejos de la Universidad de Cambridge durante unos seis años, y en ese tiempo me convertí en un cristiano nacido de nuevo en el ejército británico. Cuando regresé empecé a contar a algunos de mis colegas lo que me había sucedido, su actitud fue, “cualquiera menos tú”. No podían creer que algo así me hubiera sucedido. Me alegra que la elección no estuviera en sus manos. Me alegra que la elección no haya estado en mis manos, porque debo decir que si yo hubiera sido Dios, creo que jamás me hubiera arriesgado como Dios se arriesgó al elegirme.

Quiero preguntarle, ¿Realmente confía en que Dios hace la elección correcta? Usted tal vez está aquí porque Dios hizo esa elección. Pero lo cierto es que tenemos la tendencia a creer que Dios hizo la elección correcta conmigo pero respecto a otras personas, bueno, ¡yo no las hubiera escogido!

Muy bien, avancemos. Ahora pasemos al versículo 13.

Como está escrito: “A JACOB AMÉ, MAS A ESAÚ ABORRECÍ”.

Esta es una cita del último profeta del Antiguo Testamento, Malaquías. Y da inicio al libro de Malaquías. Dios dice a Israel, “te he amado”. Él dice, “Esaú, te odio”. Esto da para pensar. Dios es bueno para aborrecer y también bueno para amar. En realidad, en cierto modo, no es posible amar si no se está preparado para odiar. La Biblia dice, “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal”. Su capacidad para amar probablemente determina su capacidad para odiar. Tiene que asegurarse de amar lo que está bien, y de odiar lo que está mal. En cualquier caso, Dios es capaz de odiar en ciertos sentidos.

Ahora entramos en un área que no es fácil, pero es esencial porque realmente no puede entender verdaderamente estos capítulos a menos que se aclare algo. Y ese punto es ¿A quién se le llama Israel en el Nuevo Testamento? …Y lo digo porque hay una enseñanza muy extendida hoy: que Israel ya no es Israel, y que la Iglesia es ahora Israel. Difícilmente alguien aquí desconoce esa enseñanza. Permítame decir que para mí el Nuevo Testamento es la Palabra de Dios con la autoridad suprema. Primero el Antiguo Testamento, luego el Nuevo. Desde entonces han existido tradiciones eclesiales, ha habido teología, han surgido muchas opiniones diferentes, pero para mí el factor decisivo y la autoridad suprema es lo que dice el Nuevo Testamento. No me opongo a las tradiciones eclesiales—si son bíblicas pueden ser de ayuda. Pero si son contrarias a las Escrituras, yo no las acepto.

Y así, tenemos que enfrentar esta pregunta: ¿a quién asigna el Nuevo Testamento el título “Israel”? ¿Ha retirado el Nuevo Testamento el título del Israel histórico, el pueblo judío? Y, ¿ha otorgado ahora el Nuevo Testamento el título a la Iglesia? Creo que puede haber dos respuestas a esa pregunta. Una es correcta y la otra incorrecta. El problema para la mayoría de las personas es que eso exige trabajo. Muchas personas preferirían tomar su religión con calma, vivir conforme a las conclusiones de otros, y no tener que investigar por sí mismas la verdad. Estoy seguro de que ha oído la definición de prejuicio. “No me confunda con los hechos, yo ya sé qué pensar”.

Bien, haré mi mejor esfuerzo por confundirlo con los hechos. Voy a hacer mi mejor esfuerzo para confrontarlo con las declaraciones objetivas de la Biblia, y principalmente del Nuevo Testamento.

Para hacerlo, he examinado todo el Nuevo Testamento y he verificado cada pasaje que usa las palabras Israel o israelita. Para ayudarles, aparecen en un apéndice de su bosquejo, empezando en la página 36. No podemos dedicar todo este tiempo a revisar cada cita. Pero están ahí para que usted pueda verificarlas por su cuenta, si así lo desea, y decir: “¿Dijo lo correcto el hermano Prince o se equivocó?” Les daré nada más una especie de síntesis.

La palabra Israel o israelita—y son intercambiables—esas palabras se usan 74 veces en el Nuevo Testamento. 70 veces que, según mi mejor capacidad de comprensión, no hay probabilidad de que se hayan podido aplicar a la Iglesia. De hecho, en muchos pasajes se aplican en un sentido que distingue a Israel de la Iglesia. Soy consciente de que estamos hablando de una tradición que es difícil de desmontar. Recuerdo cuando empecé a estudiar la Biblia, la leí en inglés, en la versión King James de l611—que es una versión muy hermosa, todavía me gusta. Pero la versión tenía muchas cosas que no eran bíblicas. Había muchos títulos que no eran parte de la Biblia sino añadidos. Y siempre que estaba leyendo las promesas de Dios a Israel en el profeta Isaías, el título decía: “las promesas de Dios para la Iglesia”. Como ve, era subliminal. Me hicieron un lavado de cerebro sin darme cuenta. Muchos de ustedes que han tenido una experiencia similar tienen que prepararse para desbaratar algunas cosas que han pensado por mucho tiempo.

Aparece 74 veces, 70, como he observado, y puede constatarlo personalmente. Espero que lo haga. 70 de 74 no podrían aplicarse a la Iglesia. Eso nos deja con el 5 por ciento que sí podrían. Ahora, cuando se traduce o interpreta, si el uso de cierto término se reduce al 5 por ciento, hay que tener razones objetivas de mucho peso para aceptar dicho uso. ¿Entiende lo que quiero decir? …De esos 70 pasajes, 9 son citas directas del Antiguo Testamento y en cada una de ellas Israel tiene exactamente el mismo significado en el Nuevo Testamento como lo tuvo en el Antiguo. Nos quedan entonces unos 4 que posiblemente pueden ser interpretados de otra manera. Digo posiblemente… porque yo creo que ninguno de ellos debería serlo. En otras palabras, quiero decir categóricamente que no creo que Israel se deba usar jamás en el Nuevo Testamento como título para la Iglesia. Estoy seguro de que algunos de ustedes tal vez nunca han oído esa afirmación antes. No quiero que usted lo reciba porque yo lo digo, pero le aconsejo que lo investigue por sí mismo. Y le he facilitado la tarea porque he referenciado cada caso. Cuando el pasaje es una citación del Antiguo Testamento, está marcado con un asterisco. Y cuando hay alguna posibilidad de entenderlo de otra forma, he puesto un signo de interrogación. He hecho todo lo posible por no influirlo con mi razonamiento.

Hay dos pasajes, uno que ya hemos mirado. Volviendo a Romanos 9, Pablo dice en el versículo 6:

No todos los que descienden de Israel son israelitas.

También podría decirse: 

“No todos los que descienden de Israel son Israel”.

Él no se refiere a personas que no descienden de Israel. Como ya he señalado, lo que él dice es que algunos de los que descienden de Israel no son aceptados por Dios como su pueblo. No extiende el uso de Israel, sino que limita el uso de Israel. ¿Se fijó en eso? Quiero decirlo de nuevo. Él no está extendiendo el uso de Israel, lo está limitando. Lo que dice es que algunas personas que serían llamadas Israel en realidad no califican como tales. Pero este es un uso infrecuente, no el uso normal.

Luego en Gálatas 6:16 tenemos una frase que, creo, ha confundido a muchos. Versículos 15 y 16:

Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación.Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios.

Ahí tenemos la frase “el Israel de Dios”. La mayoría de las personas anglófonas interpretan “el Israel de Dios” como la Iglesia. Yo creo que eso es un error. Creo que Pablo está hablando sobre dos categorías diferentes de personas. Está hablando acerca de los gentiles que han llegado a una relación con Dios al convertirse en una nueva criatura, gentiles que antes no tenían ninguna relación con Dios. Y está hablando sobre Israel, que tiene una historia de 15 siglos al menos, que han sido completados por su relación con el Mesías, y con ello han llegado a ser “el Israel de Dios”. En este sentido Pablo aplica la palabra Israel solo a aquellos israelitas o al pueblo judío no solo de origen israelita por nacimiento, sino que también han recibido la semilla de la promesa de la Palabra de Dios y han experimentado el nuevo nacimiento en Cristo. Este no es el uso normal de Israel, pero es como Pablo lo usa aquí en Gálatas 6:16. El Israel de Dios son aquellos que son israelitas por descendencia natural y que también han recibido la palabra de la promesa del Mesías, y por medio de su fe han reconocido y recibido a Jesús como Mesías.

La diferencia es esta: que los gentiles son un terreno sin explorar. Dios nunca se había relacionado con ellos de este modo. Entonces había una nueva creación, y ellos simplemente pasaron de lo viejo a lo nuevo. En tanto que Israel, o el pueblo judío, era un pueblo con el cual Dios había forjado un vínculo durante 14 o 15 siglos, y ellos ya tenían algún tipo de relación con Dios que solo precisaba ser completada mediante el reconocimiento del Mesías.

Como ve, en Isaías 43:21,… hablando sobre Israel:

El Señor dice, “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará”.

La palabra “creado” es el término usado para referirse a un alfarero que forma una vasija. Dios había estado moldeando a Israel durante 15 siglos. Era un pueblo al que ya había formado para Sí mismo, y ellos necesitaban ser completados reconociendo al Mesías. Por otro lado, si ellos se negaban a reconocer a su Mesías, como Pablo dice en Romanos 11, eran excluidos.

Y luego en Romanos 15, un poco más adelante en Romanos pero tendremos que adelantarnos solo un momento, Romanos 15:8–9, Pablo dice:

Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión [se refiere al pueblo judío, como entenderá] para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres.

No era algo nuevo, ellos tuvieron las promesas durante muchos siglos. Para ellos Jesús era un siervo que confirmaría las promesas que ellos ya conocían y que esperaban ver cumplidas.

Luego Pablo dice en el siguiente versículo, el versículo 9:

Y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia.

Espero que pueda ver la diferencia. El pueblo judío tenía muchas promesas que ya habían recibido o que se habían cumplido. Los gentiles no tenían promesas, no dependían de la fidelidad de Dios para el cumplimiento de una promesa, solo dependían de la misericordia de Dios. ¿Observa la diferencia? Por eso hay una diferencia entre aquellos que simplemente vienen a ser una nueva creación a partir de nada espiritual, y aquellos que han sido completados porque ya habían recibido las promesas.

No puedo dedicar más tiempo a eso, en realidad no sé si lo he logrado, pero al menos le he dado algo en qué pensar.

Hay otro pasaje que necesitamos mirar en Romanos 2 versículos 28 y 29. Allí se habla del verdadero judío. Y también es un punto muy polémico. Yo leí un artículo escrito por un teólogo cristiano en el que afirmó que todos somos judíos. Yo pensé, “Querido Señor, ¿es posible que alguien crea realmente eso?” Pero él lo creía. Y este pasaje era la base de su afirmación. Romanos 2:28–29:

Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.

Aquí tampoco extiende el uso de judío, sino que restringe el uso de judío. Lo que Pablo dice es que no basta con ser judío exteriormente, el simple hecho de ser descendencia natural, de tener una circuncisión física. Eso no es suficiente, tiene que ser la circuncisión del corazón, tiene que ser algo interior que recibe la aprobación de Dios. De nuevo, es restrictivo, no extensivo. ¿Lo he expresado claramente? Espero que sí. Algunos tendrán que meditar en ello.

Una vez enseñaba acerca de esto años atrás, y un joven se puso de pie en la siguiente reunión y dijo: “Lo entendí a las 5 esta mañana”. Él dijo: “De repente comprendí lo que intentaba decir”. Verá, Jesús mismo fijó el parámetro en Juan 1:47:

Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.

Natanael era un verdadero israelita porque no era solamente un israelita por descendencia natural, sino que tenía la actitud interna del corazón que Dios requiere. ¿Lo entiende?... El Israel de Dios, o el verdadero israelita, no es un gentil que ha venido a Cristo, sino un judío o un israelita que ha sido completado a partir de todos sus antecedentes en las promesas de Dios a lo largo de muchos siglos.

Espero que esto lo explique.

Veremos otro ejemplo rápidamente, 1 Corintios 10:18. En realidad estoy debilitando mi posición, en cierto modo, porque tomo todos los casos difíciles, entenderá, y no mirando los que son evidentes y un caso cerrado, que no admiten ninguna otra interpretación. 1 Corintios 10:18, Pablo dice:

Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar?

Este es un ejemplo perfecto de prejuicio. Prejuicio involuntario por parte de los traductores. Porque algunas versiones dan la traducción literal. “Mirad a Israel según la carne”. Y otras traducen, “Mirad a la nación de Israel”. Pero esa no es una traducción exacta. Permítame señalar que este libro no fue traducido por el hombre que tradujo Romanos. ¿Comprende lo que digo? ¿Qué quiere decir Pablo con “mirad a Israel según la carne”? Fíjense en todos los que solo son israelitas por descendencia natural, pero no cumplen los requisitos internos del corazón. Y la razón es que han caído en idolatría. Seguían siendo israelitas por descendencia natural, pero definitivamente no fueron aceptados por Dios por causa de la condición interna de su corazón.

Creo que voy a detenerme ahí porque si continúo con el asunto que sigue, tomará demasiado tiempo. Permítanme solo aclarar lo que digo, que en principio Israel en el Nuevo Testamento significa precisamente lo mismo que Israel en el Antiguo Testamento. Pero hay algunos pasajes, tal vez dos o tres, donde Pablo lo usa en sentido restrictivo, refiriéndose a personas que cumplen con dos requisitos. Número uno, son israelitas por descendencia natural. Número dos, cumplen con los requisitos internos de corazón que Dios busca para hacer de ellos verdaderamente su pueblo.

17
Compartir