Me alegro de estar nuevamente con Ud. para continuar compartiendo sobre un tema que tiene gran importancia práctica para todos cómo orar eficazmente.

En mi charla introductoria de ayer expliqué que la mayoría de nosotros necesitamos cambiar nuestra imagen de Dios. Dije que cuando era niño, yo me imaginaba a Dios como un director de escuela muy severo, él en su oficina al final de un largo corredor y que escuchaba el ruido del piso al caminar en punta de pie por el corredor, y yo que silenciosamente tocaba la puerta y entraba esperando ser regañado por algo que había hecho o dejado de hacer. Esa era mi imagen particular de Dios, y muchos de nosotros tenemos una imagen similar; pero esa no es la verdad acerca de Dios, la verdad es que Dios, es un padre que nos ama y nos da la bienvenida, se deleita al oír y contestar nuestras oraciones. Nunca podemos cansarlo o aburrirlo con nuestra oración. El propósito de Dios en el Nuevo Testamento es que lleguemos a ser un reino de sacerdotes o reyes y sacerdotes.

Como reyes nuestra responsabilidad es la de gobernar. Como sacerdotes nuestra responsabilidad es orar. No estaremos calificados para gobernar hasta que primero no hayamos aprendido a orar. En otras palabras, gobernamos a través de la oración, cuánto más oremos, tanto más gobernaremos.

Hoy y por el resto de la semana hablaré de la manera correcta de acercarnos a Dios en oración. Creo que hay requisitos básicos para acercarnos a Dios. Hoy voy a hablar del primero de esos requisitos:

Jesús es nuestro ejemplo; volveré a leer Hebreos capítulo 5, versículo. 7 habla de la vida de Jesús en la tierra y como oraba;

7 En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión.

Señalé que Jesús es nuestro ejemplo de sacerdote y que la responsabilidad principal de un sacerdote es la de ofrecer sacrificios. Durante su vida terrenal el sacrificio que Jesús ofrecía consistía en ruegos y súplicas al Padre. Pero al final de ese versículo se nos dice algo, que también es muy importante, porque Dios el Padre oía siempre la oración de su hijo Jesús, dice:” fue escuchado por su reverente sumisión”. Eso es lo que quiero enfatizar en mi charla de hoy, “reverente sumisión”, ese es el primer aspecto que debemos ver, para acercarnos a Dios.

¿Cómo fue expresado esa reverente sumisión de Jesús? El autor de Hebreos se refiere al tiempo cuando Jesús estaba orando en el huerto de Getsemaní. Está escrito en Mateo 26, vers. 39 dice:

39 Y adelantándose un poco, cayó sobre Su rostro, orando y diciendo: «Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras».  [Y un poco más adelante en el versículo 42 del mismo capítulo dice:] 42 Apartándose de nuevo, oró por segunda vez, diciendo: «Padre Mío, si esta copa no puede pasar sin que Yo la beba, hágase Tu voluntad»

Así que el temor reverente consiste en decirle al Padre, no sea como yo quiero sino como tú quieres. Hágase tu voluntad. Es renunciar a nuestra propia voluntad y hacer la voluntad de Dios. Jesús nos dio un modelo de oración. Nos mostró una manera particular en la que podemos orar. Es la que llamamos normalmente el Padre nuestro. Es una parte de la oración, Jesús incluye esto mismo de lo que estamos hablando, dice: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”.

Allí tenemos nuestro patrón. Cuando venimos a Dios, tenemos que decir “Hágase tu voluntad”. Y debemos concluir con eso, “si mi voluntad no coincide con Su voluntad, entonces renuncio a mi voluntad, para que la Suya sea hecha”. Cuando las dos voluntades entran en conflicto, es la voluntad de Dios la que prevalecerá.

Hay un aspecto de la naturaleza vieja que está siendo tratada con este requisito; Pablo dice esto en Efesios 4, versículos 22 y 24 (NVI):

22 Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad.

Hay dos naturalezas en el hombre, el hombre viejo, nuestra naturaleza antes de que Dios nos cambiara; y el hombre nuevo, que es lo que Dios quiere hacer de nosotros. Para que el hombre nuevo se pueda manifestar, primero tenemos que desprendernos del viejo hombre. Esto es algo que nosotros tenemos que hacer, porque no es algo que Dios hace por nosotros. Entonces para despojarnos de nuestra naturaleza vieja decimos, “no se haga mi voluntad sino la suya, y al decir: “no mi voluntad…sino la suya”, entonces damos lugar al nuevo hombre en la actitud de nuestra mente.

Tenemos que entender que el hombre viejo es un rebelde y que no tiene derecho a la herencia de Dios. Toda la herencia le pertenece por derecho al hombre nuevo. Pero lo que muy a menudo sucede en nuestras vidas como cristianos, es que el hombre viejo es un rebelde y se levanta y reclama, lo que es la justa herencia del hombre nuevo. Así que para cuidarnos de ese reclamo rebelde, tenemos que decir como Jesús: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Sigamos un poco más con esta relación entre el hombre viejo y el nuevo. Si Dios contestara todas las oraciones del hombre viejo que hay, en todos nosotros el universo estaría en caos. Le daré uno o dos ejemplos sencillos, primero, la escuela dominical ha organizado un día de campo, así que oran pidiendo: Señor, no dejes que llueva. Mientras tanto un pobre campesino cuya cosecha se está secando dice: Señor manda lluvia. Necesitamos lluvia, ¿cómo contestará Dios a ambas oraciones? Por supuesto, la verdad es que Él no está dispuesto a contestar ninguna, sino excepto la oración del hombre que ha renunciado a su propia voluntad.

Ahora tomemos otro ejemplo típico, dos naciones están en guerra, una contra la otra; los cristianos en cada nación están orando: “Señor da la victoria a nuestra nación”, ¿cómo podrá Dios hacer eso? Pero Dios no está comprometido a hacerlo. Dios está comprometido a contestar las oraciones del nuevo hombre, pero no está comprometido a complacer los gustos de ese viejo rebelde, el hombre viejo, que continúa haciendo su propia voluntad.

Así que cuando oramos por algo, siempre debemos preguntarnos ¿Estaré orando por esto porque lo quiero yo o porque Dios lo quiere? Hay mucha diferencia, si es porque yo lo quiero, puede ser que mis oraciones no sean contestadas, pero si es porque Dios así lo quiere, entonces mis oraciones serán contestadas.

Hay ciertas cosas generalizadas, por las que las personas hacen sus ruegos y súplicas a Dios. Por ejemplo, hay quienes oran por que sean sanados de alguna enfermedad o para que Dios supla su necesidad financiera. Oran para que Dios les provea dinero. Cada vez que hagamos ese tipo de peticiones, debemos preguntarnos ¿Estoy orando por sanidad, porque necesito ser sanado o porque Dios quiere sanarme? ¿Estoy orando por prosperidad financiera, porque es lo que yo quiero, o porque Dios quiere? Hará mucha diferencia, la manera en que nos acerquemos a Dios, si establecemos ese punto.

Recuerdo una vez, que una mujer, hace muchos años me pidió que orara por su hijo de doce años que estaba en el hospital con una enfermedad que había sido diagnosticada como incurable. Me pidió que fuera con ella para que orara por su hijo en el hospital. Yo estaba dispuesto a hacerlo, pero sin pensarlo mucho le pregunté, ¿ha rendido su hijo al Señor? Y cuando le hice esa simple pregunta se puso histérica. Ella pensó que yo le estaba diciendo que su hijo se iba a morir. Yo no tenía eso en mente. Yo solo quise decirle que mientras ella siguiera buscando que se hiciera su propia voluntad, la voluntad de Dios, no tomaría lugar. Y mientras ella en su propia voluntad mantenga su mano aferrada sobre su hijo, la mano de Dios no podría tocar a su hijo. Mientras estemos forcejeando para que se haga nuestra voluntad, no daremos lugar a la voluntad de Dios.

Hay algunas cosas que necesita recordar cuando piense en renunciar a su propia voluntad para aceptar la voluntad de Dios. Le sugeriré tres cosas: Primero, Dios lo ama más de lo que Ud. se ama a sí mismo. Segundo, Dios lo entiende mejor de lo que Ud. se entiende. Y Tercero, Dios solo quiere lo mejor para usted. ¿Está Ud. preparado para decir, no lo que yo deseo, sino lo que tú deseas?

Cuando Ud. verdaderamente se rinde a la voluntad de Dios descubrirá lo que la Biblia llama: Buena, agradable y perfecta. Recuerde esto, la oración no es una manera de persuadir a Dios para que haga lo que Ud. quiere. La oración es una manera para que Ud. sea un instrumento, para que haga lo que Dios quiere.

Escuche lo que Pablo dice, en Efesios 3:20 (NBLA):

20 Y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros,…
20 Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, (NVI)

Ud. podría preguntarse ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Qué podría estar más allá de lo que yo pida? Piense, imagine, y razone. La respuesta es lo que Dios quiere hacer. Lo que Dios quiere hacer es más alto, y más grande que cualquier cosa que podría pensar o imaginar Ud. mismo. Pero mientras limitemos a Dios a hacer solo lo que nosotros queremos, estaremos perdiendo de vista lo que Dios quiere. Así que es muy simple y lógico que para recibir lo mejor de Dios, en nuestra oración, tenemos que acercarnos a Dios de la misma manera en la que Jesús lo hizo, en una reverente sumisión. Tenemos que decir: “Dios no según mi voluntad sino según la tuya, Dios no estoy orando para ser sanado porque yo quiero, sino porque yo creo que es su voluntad sanarme”.

Una vez estuve en el hospital, por un año, sin que los doctores pudieran sanarme. Y en realidad no pude salir del hospital hasta que aprendí que Dios me sanaría solamente porque él quería que yo este sano y no porque yo lo quise. ¿Puede recordar esa lección?

Nuestro tiempo por hoy ha terminado, regresaré mañana a la misma hora para hablar del segundo requisito para acercarse a Dios en oración, La fe.

Como
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