Me alegro de estar nuevamente con usted compartiendo este tema tan personal de lo que he aprendido en más de 40 años de servir al Señor y a su pueblo “Lecciones de mi vida”.

La lección que voy a enseñar hoy es una que quizás no quiera escuchar, no obstante es de vital importancia que usted la reciba, la verdad es que no hay nadie al alcance de mi voz ahora mismo que no necesite oír cuidadosamente y recibir con corazón abierto lo que voy a decir.

Esta lección la aprendí cuando el Señor llamó a mi primera esposa Lidia para estar con él, después de 30 años de una vida matrimonial bien unida y feliz.

Quisiera decir ahora mismo que solo los que han pasado por una experiencia similar pueden entender totalmente lo que eso significa.

Una vez oí a un joven ministro en una congregación que estaba tratando de animar a varios miembros de mayor edad que habían sufrido la pérdida de uno de sus seres queridos, y les decía: “Entiendo por lo que están pasando, simpatizo con ustedes”, entonces el Señor repentinamente se llevó a su esposa y después lo oí decir. “Tengo que pedirles disculpas, les dije que entendía pero no era cierto, no lo entendía, ahora sí.”

De modo que voy a compartir con usted la comprensión que Dios me dio, no en teoría, sino por experiencia.

Dos escrituras me ayudaron grandemente y las voy a compartir con usted, recuerde que no hay nadie entre los que me escucha que no tenga que pasar por el dolor de perder a una persona muy cercana.

La primera escritura que me ayudo es Job 1:21

“El Señor dio y el Señor quitó, bendito sea el nombre del Señor.”

Job había sido destituido de todo lo que tenía, su familia entera, sus posesiones, Dios no le había quitado a su esposa pero ella había tomado una actitud tan negativa hacia él que a veces me pregunto si Job no desearía que Dios se la hubiera llevado también.

No obstante, el punto que quiero hacer es este, Dios dijo algo muy sencillo pero muy profundo “El Señor dio y el Señor quitó, bendito sea el nombre del Señor.”

Con lo que Dios me desafió fue con esto “Confiaste en mí para que te diera, confía en mí para quitarte.” Yo sabía que Dios me había dado a mi esposa, había sucedido de una manera tan maravillosa y sobrenatural, nunca hubo una interrogación en mi mente o en la mente de ninguno de los dos, Dios nos había unido, yo me gozaba en eso, tuvimos una vida maravillosa juntos, yo había aceptado lo que Dios me había dado, la pregunta era: ¿Aceptaría yo que el Señor me la había quitado?

Siempre solía pensar cuando leía este pasaje, que Job hablaba resignadamente “Bueno no hay nada que hacer, el Señor dio y el Señor quitó”, pero basado en mi propia experiencia, llegue a creer que Job dijo eso con una confianza maravillosa, no con resignación sino con confianza, hay una diferencia tremenda, y quiero decirle esto a usted y a mí mismo: Si confiamos en Dios para dar, entonces también tenemos que confiar en él para quitar, no podemos tener fe para uno y no para lo otro.

Recuerdo hace muchos años que una señora se me acercó y me pidió que orara por su hijo de 12 años, que estaba en el hospital con una enfermedad de los riñones que era incurable, yo no sabía cómo orar, así que comencé a hacer preguntas buscando la manera de entrar en la situación y dije: ¿Le ha dado usted verdaderamente su hijo al Señor?, con eso la señora se puso histérica, verá, ella creyó que yo estaba insinuando que iba a perder a su hijo, no era así; lo que quería saber es si ella en realidad había dado ese regalo de un hijo que Dios le había presentado de vuelta a él, que es algo que Dios requiere que todos nosotros hagamos, pero su reacción me mostró claramente que ella nunca había entregado su hijo a Dios en realidad.

Ese es otro ejemplo, si confiamos en Dios para que nos dé un hijo, ¿podemos confiar en él para que se lo lleve?, esa es una experiencia muy dura, pero la llave para la victoria es confiar, “El Señor dio, el Señor quitó”, yo lo digo ahora no con resignación sino con confianza, hasta con triunfo.

Moisés dijo a Israel que Él es un Dios fiel, sus caminos son perfectos y sus obras justas, ¿Lo cree usted?, yo sí, y eso es lo que me sostuvo, yo confío en Él, su camino es perfecto, no hay nada malo nunca que Dios haga, Él nunca comete un error, yo confío en Él para dar y confío en Él para quitar, es la única manera en la que podemos pasar por la vida.

Si confiamos en Dios para dar y nos rebelamos cuando Él toma, ¿Cuánta confianza había en todo eso para comenzar?

Ahora quiero citar el otro pasaje de las escrituras que me ayudó en mi hora de pena y de dolor cuando el Señor se llevó a mi primera esposa, se encuentra en Isaías 40, voy a leer el primer versículo y saltar al versículo 6, 7 y luego al 8, las primeras palabras dicen: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios.” ¿Cuántos de ustedes necesitan consuelo en este momento? Quiero decirles que Dios ha proporcionado consuelo. “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios.”

Entonces quiero pasar a los versículos 6, 7 y 8, que son el mensaje de consuelo. Y quiero que vean que hay una especie de característica asombrosa e inesperada en este mensaje de consuelo. Porque no suena en lo más mínimo como un mensaje de consuelo para empezar.

“Una voz dijo: clama, entonces él respondió: ¿Qué he de clamar?. Toda carne es hierba, y todo su esplendor es como flor del campo. Secase la hierba, marchitase la flor cuando el aliento o el Espíritu del Señor sopla sobre ella, en verdad el pueblo es hierba. Secase la hierba, marchitase la flor, más la palabra de Dios nuestro permanece para siempre.”

¿Qué consuelo hay en eso?, toda la humanidad es como la hierba, crece, florece, se marchita y muere, no hay excepciones, todo ser humano está en la misma categoría, somos tan efímeros y pasajeros como la hierba del campo.

Además note que la hierba del campo se seca porque el aliento o el Espíritu del Señor sopla sobre ella, es el Señor que causa que la hierba se seque.

Y usted sigue preguntándose: ¿Señor que consuelo hay en este mensaje?, bueno, todo el consuelo está en el siguiente versículo:

“Secase la hierba, marchitase la flor, más la palabra de Dios nuestro permanece para siempre.”

… ese es el consuelo, en medio de todo lo que es inpermanente y que se marchita, hay algo que es duradero y permanente, inconmovible, que no se puede sacudir, eterno, la Palabra de Dios.

Note entonces que en ese pasaje somos confrontados con dos cosas opuestas: La inpermanencia de todo lo físico y material y la permanencia de la Palabra de Dios.

La inpermanencia de todo lo que hay en este mundo ha sido siempre, durante siglos el tema de poetas y filósofos, desde que la literatura y el pensamiento tienen historia.

Yo solía ser un gran aficionado de Shakespeare, especialmente de sus sonetos, y recuerdo algunas de las cosas que él decía, se ocupaba mucho de este tema; uno de sus sonetos comienza algo así como: “Cuando considero todo lo que crece, mantiene su perfección solo por un pequeño momento y este precioso escenario no presenta sino obstáculos, estamos en las estrellas que en secreta influencia vienen.” ¿Oyó eso? … Todo lo que crece mantiene su perfección por un pequeño momento, es la verdad, y de alguna manera Shakespeare en su pensamiento vio detrás de todo esto, la influencia invisible de alguna clase de fuerzas, que él identificó con las estrellas.

En otra parte dijo en un poema a una dama que amaba con pasión: “Todo hermoso de lo hermoso a veces declina, por suerte o mudanza, el curso de la naturaleza desordenado.” Eso es cierto, todo lo hermoso a veces declina.

Pero en todo eso no se encuentra ningún consuelo, la única gente que puede encontrar consuelo en medio del dolor y la pena son los que han puesto su fe en la eterna e inmutable Palabra de Dios, es la única fuente de consuelo. Gracias a Dios que yo lo sabía, y sabía el camino para llegar ahí, y pude aprovecharme de ella.

Escuche dos cosas que dice Pedro en 1 Pedro 1:23 – 25

“Pues habéis nacido de nuevo, no de una cimiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece. Porque toda carne es como la hierba, y toda su gloria como la flor de la hierba. Secase la hierba, caese la flor; más la palabra de Dios permanece para siempre.”

Pedro cita el mismo pasaje de Isaías, Pedro dice que hemos recibido esta eterna e incorruptible palabra de Dios, que ha producido una naturaleza eterna e imperecedera; la naturaleza de la planta es determinada siempre por la naturaleza de la semilla que produce la semilla, si la semilla es eterna e imperecedera, la naturaleza que produce es eterna e imperecedera.

Cuando hemos nacido de nuevo por la fe en Jesucristo tenemos algo en nosotros que no está sujeto a todos los caprichos del tiempo, es eterno, es permanente, es duradero, seguirá para siempre.

También es Pedro quien dice en la segunda epístola, capítulo 1, versículo 4:

“Por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas – las promesas de su palabra – a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia.”

Vea usted que hay una vía de escape de este siglo de corrupción para entrar en algo que es eterno y divino, y es por medio de las preciosas y maravillosas de la palabra de Dios.

Se puede resumir de esta manera: Dios nos deja probar lo imperfecto y temporal en la belleza, la amistad y el placer, después nos desliga de estas cosas para que podamos de lo perfecto y permanente.

Como
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